Cuando llegan los fríos de otoño, al igual que la campiña de Jerez empieza a llenarse de banderas rojas en señal de que los primeros mostos ya están disponibles, hasta hace relativamente poco tiempo también se veía por muchas carreteras comarcales un cartel donde un rótulo indicaba alto y claro, por encima o por debajo de una flecha, que los últimos meses del año habían llegado bajo la leyenda: “Se venden naranjas”.
Pero, como los tiempos cambian, al igual que cambia todo en la vida, hacer realidad que las naranjas viajen directamente del árbol a la mesa cuando toca es algo que hoy en día casi está en peligro de extinción. Maxime cuando los ciclos de temporada en las frutas, verduras y hortalizas dejaron hace tiempo de existir, por mor de la agricultura intensiva y una demanda que no entiende de meses ni de calendarios.
No obstante, para aquellos que todavía que se resisten a pagar precios desorbitados — en algunas ocasiones hasta el doble— en grandes superficies o supermercados, hay lugares que mantienen la tradición y siguen dando continuidad a la bonita costumbre de recibir en sus fincas y huertos a clientes habituales o foráneos a los que poder ofrecer sus naranjas recién cogidas del árbol. El asentamiento rural de La Greduela en la carretera de La Ina, por ejemplo, es de los pocos lugares que quedan en la campiña jerezana donde poder comprar naranjas a precios más que asequibles para cualquier bolsillo.
“Un año bueno podemos cosechar hasta 5.000 kilos de naranjas”, nos indica Pepe, quien a sus 75 años es propietario de una de las pocas fincas que aún continúa recogiendo a mano este fruto, mientras apuntaba que “este año hemos tenido que subir 10 céntimos el kilo y las vendemos a 0,60 euros, entre otras cosas, por culpa de la falta de agua y el encarecimiento de los materiales que nos hacen falta para el cultivo”.
Con mil y una historias que contar, tras una vida dedicada al campo — primero como vendedor de maquinaria agrícola y después como agricultor— argumentaba que, a pesar de que los tiempos han cambiado, “estos árboles que hay aquí no tienen ningún producto químico encima — usa cobre y azufre como fungicida natural— salvo el que reciben para que las moscas no piquen las naranjas y pongan en ellas sus huevos”.
Así pues, mientras observaba si “la humedad del terreno estaba afectando a los frutos que penden de las ramas más cercanas al suelo” exponía que la naturaleza es sabia y conoce qué tiene que hacer para que todo llegue y buen término “como lo que hacen estas ortigas que veis debajo de los árboles, que son fundamentales para controlar la humedad que reciben los frutos”.
“Si la hoja está verde oscuro, ese árbol está sano y, cuanto más claro sea el verde, significa que ya está más mayor o se está secando y no dará tanto fruto” nos indicaba tras invitarnos a pasear por su huerto, carrillo en mano, para conocer de primera mano “la artesanía con la que aún se trabajan en muchos campos de la campiña” y se comprueba la salud de los naranjos.
“Esto es lo mejor que puedes comer hoy en día porque es totalmente natural” nos apuntaba de camino a cuarto de aperos cargados con cajas de naranjas, donde la artesanía de nuevo nos da un golpe de realidad y sencillez, demostrando que en esta vida menos siempre es más.
Una romana bien sujeta al techo por un cable de acero, un cubo sin el fondo anclado en la pared y un rollo de redecilla rojo colgado del techo hacen de sistema de pesaje y embalaje de un producto, para el que un saco lleno de algodón hace de amortiguador de las naranjas para que "no se golpeen en el suelo, cuando van del cubo al saco.
“¿Cuántas os vais a llevar? ¿Por qué algunas os tendréis que llevar?”, nos decía entre risas, mientras clientes habituales aguardaban cola en una finca que “no tiene pérdida” porque solo hay que "cruzar el río Guadalete, por la pasarela existente justo detrás de la Venta Las Carretas y, siguiendo la carretera, ya se ve el cartel”.
Tercera casa a la izquierda reza en un rótulo esquinero, que hace de brújula a la entrada del carril para que no se pierdan los clientes que “vienen a comprarnos naranjas de lunes a domingo”. “Es una pena que ya solo queden sitios así en La Greduela porque casi todos los demás han cerrado, han arrancado los naranjos o han vendido las tierras para dedicar los campos a otras cosas” señalaba uno de ellos, en alusión a los cambios de cultivo que se han puesto de moda en la zona como el aguacate, mientras pedía a Pepe que le preparara tres sacos de cinco kilos “uno para mí y otros dos para mis hijos, para que a mis nietos no les falte nunca el zumo”.
Así que, a partir de ahora, si en algunas de las ventas de los alrededores de la ciudad — desayunado o almorzando con la familia o amigos— vuelve a escuchar en algunas de las mesas de alrededor “vamos a acercarnos comprar naranjas” a tal o cual sitio; “las de este año que son caramelo”; o incluso quien apunte que “ya se han acabado las mandarinas y nada más que tienen de mesa y de zumo”, seguramente vayan a encaminar sus pasos a La Greduela, donde Pepe y sus hijos consiguen hacer realidad que las naranjas vayan directas del árbol a la mesa, a solo 3 euros los cinco kilos.
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