La Crítica. Mayte Martín ofrece hora y media de repaso a su concepto de lo 'jondo' en 'Al flamenco por testigo', un bocado dulce y amargo fraguado con respeto y conocimiento.
No es solo por cómo canta, es por cómo nos habla. No es solo por su irresistible saber estar en el escenario, es por cómo nos estremece casi inmóvil. No es por la exquisitez con que nos va meciendo su flamenco de altos vuelos, es por su arrojo, su valentía al encarar los cantes, ya sean granaínas, malagueñas, tarantas o bulerías caracoleras o de Jerez. Es por ese sabor tan dulce que a veces revienta un requiebro de voz, un quejío retorcido que sale de sus entrañas, y que nos desarma. Como esa capa sutil y crujiente de la crema catalana que se vuelve amarga al paladar y que sirve de contrapunto a tanto dulzor en ese postre tradicional de su tierra natal. El tiempo parece que no pasa por Mayte Martín. Tal y como la disfrutamos hace más de una década en el mismo espacio del Festival de Jerez, el mágico escenario de la bodega Los Apóstoles de González Byass, hemos vuelto a sentirla con el mismo embeleso y regusto que va del placer a la punzada en la misma boca del estómago. Un viaje a 20.000 leguas de cante mineral que llega hasta el magma y regresa a la superficie pulido por un eco afinado y cristalino como si alguien hubiese simplemente apretado el play.
Ese perfeccionismo metódico y calculado, por suerte, no está exento de emotividad y desgarro. Desde el primer ay conmoviendo, levantando el vello a pulso. Desde la milonga de Quiroga, Quintero y León La rosa cautiva, que popularizara Valderrama, al fandango abandolao de Frasquito Yerbabuena con el que cierra el recital, todo es conmovedor. Todo va del ya no puedo más al mataría por un nuevo bocado. Porque todo en su propuesta sabe bien y, muchas veces, sabe a poco. Y aunque nos colme, siempre queremos más: ya fuesen su vidalita o aquel Ten cuidao de Querencia, un disco que tiene ya casi 20 años pero que se mantiene, como su voz, intacto al paso del tiempo. El fabuloso trío de músicos que la respalda empastan sin estridencias y con total plenitud con una artista que es un prodigio.
Un amplio recorrido por fandangos, tientos-tangos, soleá y cuples por bulerías —cuesta encontrar un adjetivo para calificar su versión de El compromiso de Machín— completan un directo que golpea el corazón y que nos reencuentra con el arte en unos tiempos en los que la vulgaridad y el mal gusto campan a sus anchas en lo físico y lo virtual. Un artista íntegra y comprometida que posee un sello inconfudible y que no regatea un ápice su particular forma de entender el flamenco, en particular, y la música, en general. Estrenado el año pasado en el Auditorio Nacional, Al flamenco por testigo es un soberano repaso de hora y media a la concepción jonda de Martín, una catalana sin fronteras ni banderas, que antes que cualquier secesión busca la integración de lo flamenco. Ese todo es posible de un arte que no es de nadie y es de todos. Ese todo es posible que solo puede lograrse con la humildad y el respeto a las raíces que ella demuestra golpe a golpe, verso a verso.