El ilocalizable Syd Barrett durante sus años convulsos, en una calle sin identificar.
El ilocalizable Syd Barrett durante sus años convulsos, en una calle sin identificar.

Todas las historias grandilocuentes le hacen un flaco favor a su narrador. Aquel bienaventurado que, en la tierra de Sodoma, intente difundir una profecía milagrosa, debe saber que jamás tendrá pan o techo. Sin embargo, es allí, en la rutina del profeta, donde el humano se hace santo y termina por horadarse en la serenidad y la templanza. Y es que Dios no nos lo puso fácil: tanto milagro y elemento sobrenatural no terminan por encajar en la pedagogía más elemental.

La enseñanza del milagro. ¿Acaso hay algo más importante? La verdad, no mucho más. Cierto es que cada cual tiene su propia fe. Su propia Virgen de la Regla, o su particular santito, mártir del siglo XV, todos ellos reseñables en nuestras oraciones. Sin embargo, sabrá usted que nuestro Palmar está más cerca de Sullivan County que de Utrera. O nuestra Purísima, que de ser milagrosa, sería rockera. Ya lo dijo Silvio: "Se supone que un rockero se mueve mejor que un nazareno... se supone".

Ya le adelantamos que en esta casa sentimos especial predilección por un artista en concreto, nuestra estampita de cabecera, una pieza clave de nuestro relicario particular. Un músico que sentenció su vida en el exceso, la psicodelia y el ingenio. Un artista a rabiar por los cuatro costados. Syd Barrett, el "Shine On" de los señores Pink Floyd. Un ejemplo de contraste cultural que pareció reflejar el cambio de paradigma en la industria.

Un joven Syd Barrett, junto a Roger Waters.

Podríamos situarle en un contexto histórico, un momento, un lugar de nacimiento. ¿Acaso importa? A buen seguro, ustedes conocerán a Syd tan bien como nosotros. Para todo lo demás, sirva esta entrada de breve introducción. Historietas donde la veracidad rehúye de la comedia, que parece imponerse sobre cualquier atisbo de raciocinio y contraste. Es allí dónde la psicodelia sigue viva. En el relato de lo que un día pasó, o al menos, pareció ocurrir. No seremos nosotros quienes apaguemos esa llama.

Fue a finales de 1969. Se cumplía aproximadamente un año desde que nadie recogía a Syd para los conciertos. Los Pink Floyd empezaban a dar bandazos estilísticos, encaminándose, sin saberlo, hacia una de las carreras de mayor prestigio y éxito de la música popular. Eran tiempos donde toparse a Syd por las calles londinenses comenzaba a ser infrecuente. Existía una cierta mística en relación a su persona. Circulaban ciertos bootlegs cuya autoría todo buen fan atribuía a su músico de cabecera. El "where is Syd?" era la comidilla popular entre los hippies ingleses del barrio de Chelsea. No podía uno viajar a Londres sin oírlo en alguna tienda de música, algún bar de copas, algún desesperado callejón... No era para menos el hecho de que el líder de una banda desapareciese después de protagonizar algunos de los mayores episodios de extravagancia que se recuerdan en la capital. Algo no tan común como pudiera parecer en la década de las drogas y el amor.

La verdad es que Syd ya no era aquel mozo de pelo desordenado de tan sólo uno o dos años atrás. El proceso de autodestrucción del artista había comenzado, y aunque es cierto que Syd jamás llegó a la extenuación de Skip Spence, la cosa era poco menos que preocupante. Syd Barrett no aparecía por ningún sitio, ni siquiera dentro de sí mismo. Se encontraba solo en el Londres más bullicioso que se recuerda.

Durante este periodo que duró aproximadamente cuatro años Syd publica dos álbumes, The Madcap Laughs y Barrett, dos joyas psicodélicas de 1970  grabadas en los estudios Abbey Road, con la colaboración de David Gilmour. Es precisamente en las sesiones del primero de los Lp's donde Harvest/EMI requiere de la presencia de una serie de músicos de apoyo durante las pocas semanas que dura la grabación del disco. Esos músicos no serán otros que Robert Wyatt, Hugh Hopper y Mike Ratledge, de Soft Machine, que trabajarán de forma exquisita.

Quizás los de Soft Machine no sabían a qué dedicarse en los años que sucedieron a la partida del más burlesco y festivo paladín de la Escuela de Canterbury, Kevin Ayers.  La trayectoria de Ayers, que colaboró en los tiempos seminales con una banda que se hará famosa pero optó por volar en solitario, se parecía sospechosamente a la de Syd. De hecho, entablarán una extraña amistad. Fue una de los pocas personas que parecieron empatizar con nuestro protagonista en esa época, tanto que consiguió algo que nadie pudo alcanzar: convencerle para participar en una grabación como estrella invitada. Algo que ni el propio David Bowie, años más tarde, pudo lograr. Quizá porque Barrett aún recordaba la experiencia con su amigo Ayers...

Como venimos contando, Kevin Ayers, ese músico inglés criado en Malasia, decidió emprender su aventura en solitario de la mano de un proyecto muy personal que llevaría por nombre Joy Of A Toy (Harvest Records,1969). Una muestra de rock iniciático y psicodélico inglés. Ese tan irreverente como inteligentemente infantil. Para tal fin, se rodea de ciertos músicos de cierta fama, algunos de los cuales ya habían participado en la Machine.

Kevin Ayers.

Ayers invitó a Syd para participar en una especie de canción homenaje, de ritmo ligero y pegadizo, que llevaría el nombre de Religious experience. La canción tenía todas las probabilidades de convertirse en el single promocional del álbum Joy Of A Toy. 

Durante esos meses de julio y agosto de 1969, Syd se deja ver con frecuencia en el estudio, donde no sólo participará como guitarrista invitado, sino como también como corista. Se cuenta que Syd estaba en el estudio incluso cuando no le tocaba grabar. Tan sólo por dejarse ver o supervisar el trabajo, como buen capataz de la psicodelia.

Pero la grabación de Religious experience resultó un infierno, otra de esas sesiones malditas que se le recuerdan al poeta lisérgico. La figura admirada por Ayers no se comportó como éste supuso que debía comportarse. Syd se limitó a golpear la guitarra de forma improvisada. Una y otra vez. Pese a las insistencias de Kevin. Al final los músicos resolvieron hacer aquello que se convirtió en rutinario en las sesiones con Syd: concentrarse en seguirle para acabar rápido. Y así lo hicieron, obteniendo una de las grabaciones más enigmáticas del ex-Pink Floyd en Abbey Road. Ayers recordaba con frustración las ¡ciento tres tomas! que como mínimo se grabaron de aquella canción tan atrevida como penosa. ¿El resultado? Aquí lo tiene:

En fin, la típica historia del músico, las drogas, la locura... Pero, ¿cree usted que todo pudo terminar aquí? La continuación de nuestra historia parece teñirse con la mejor de ficciones. Ayers, sabiendo que no podía incluir a Barrett en su obra, decide regrabar el tema, pero esta vez sin Syd Al menos físicamente, dado que en lo espiritual ya se encargó Kevin de su presencia. Se inspiró en su forma de tocar, fingió un poco su forma de cantar, e incluso se refirió al propio músico, a pesar que éste no se encontraba ni el retrete de los estudios de EMI. Todo para hacernos creer que Syd estaba allí. Tocando con él esa obra emblemática, que acabaría apareciendo en 1970 como primer single de Ayers bajo el nombre de Singing a song in the morning. Nos colaron la mentirijilla. Hasta que el propio Ayers desveló su jugada maestra, casi veinte años más tarde, reconociendo que había dos versiones de la misma canción. Todo como sacado de la peor comedia británica de los setenta.

Para Ayers, Syd no era Barrett o Barrett no era Syd. O alguna extraña conjunción de los astros truncó aún más el problema. El caso es que Ayers no reconoció al músico que admiraba. El tipo de mirada perdida, absorto en las estridencias acopladas de su Fender, no era más aquel joven soñador de vigor incuestionable. Y Ayers nos vendió a su propio músico. Un poco más humano. Un poco menos psicodélico. La realidad superó a la ficción, contribuyendo a la humanización de Syd. Pretendimos traerle de vuelta, a toda costa, incluso trayendo a otro en su lugar. Syd Barrett tuvo que ser como nosotros, a cualquier precio. Syd fue un músico malasio por un día.

… y Ayers le pillará el gusto:

Sobre el autor:

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Óscar Carrera y Carlos Domínguez Rico

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