Durante más de cien años, bajo las vetustas tablas del Teatro Gutiérrez de Alba, las entrañas de Alcalá de Guadaíra guardaron en silencio uno de sus secretos más singulares: un molino subterráneo, excavado en la roca, movido por un manantial natural que siglos atrás impulsaba la vida cotidiana de la ciudad. Aquel silencio secular se ha roto, y no solo por el sonido de los visitantes que ahora recorren sus galerías pudiéndole contar a sus mayores lo que nunca pudieron ver. Se ha roto también la barrera que separaba a Alcalá de uno de los capítulos más insólitos de su historia, un episodio que conecta el agua con el pan, la ingeniería medieval con la vida contemporánea, la oscuridad del subsuelo con la luz del conocimiento.
Hoy, el molino de La Mina es el monumento más visitado del municipio —con más de 22.000 entradas en su primer año abierto al público—. Pero también una de las piezas más singulares del patrimonio andaluz. Su recuperación ha sido fruto de una ambiciosa operación técnica, institucional y ciudadana; y su impacto, según quienes la han liderado, apenas acaba de comenzar.

“Este molino no es un mero espacio arqueológico”, afirma Cristopher Rivas, delegado de Cultura, Patrimonio y Museos, Turismo, Memoria Democrática e Identidad Andaluza del Ayuntamiento de Alcalá, “es el lugar donde el pasado vuelve a tener voz. Y esa voz nos está diciendo muchas cosas sobre quiénes fuimos y hacia dónde queremos ir”.
Un patrimonio sin igual en España
El molino de La Mina es, en efecto, único en su género. No existe otro de características similares en todo el país. Su estructura, fechada entre los siglos XIV y XV, aprovecha un manantial natural para poner en marcha su maquinaria, lo que exigió una solución constructiva que lo convierte en una rareza patrimonial: un espacio excavado directamente en la roca, con canales, cámaras y pasadizos diseñados para controlar el flujo de agua y hacer girar las piedras que molían el grano. El mismo caudal que movía el molino alimentaba también el acueducto de los Caños de Carmona, que surtía a Sevilla de agua, lo que da cuenta de su importancia en el sistema hidráulico histórico.
“Estamos ante un testimonio material de la relación entre Alcalá y el agua y de cómo esa relación determinó durante siglos su desarrollo económico, social y cultural”, añade el concejal. La ciudad, conocida por su tradición panadera, tuvo en sus molinos un motor de actividad esencial. La Mina, ahora visible desde diciembre de 2023, simboliza ese vínculo profundo.

Su valor, sin embargo, no es solo técnico o simbólico. También es profundamente estético. Al adentrarse en el molino, el visitante descubre un universo de piedra y agua donde la ingeniería medieval cobra vida con una claridad inesperada. La rehabilitación ha respetado al máximo su configuración original, incorporando pasarelas, iluminación ambiental y una museografía interactiva que permite comprender el funcionamiento del sistema sin interferir en la autenticidad del espacio. La recuperación de este lugar fue posible gracias a la Estrategia de Desarrollo Urbano Sostenible e Integrado (EDUSI) 'Alcalá Futura’.
Cien años de silencio y una recuperación compleja
El molino quedó oculto durante más de un siglo, desde que en las primeras décadas del siglo XX se construyera sobre él el Teatro Gutiérrez de Alba, proyectado por el arquitecto regionalista Juan Talavera. Fue precisamente la presencia de este edificio lo que convirtió la recuperación en un desafío extraordinario. “Teníamos que hacer accesible un espacio subterráneo sin dañar una de las fachadas más representativas del patrimonio urbano de Alcalá”, recuerda el delegado.
La solución llegó con la construcción de una estructura de hormigón soterrada que actúa como soporte y pasarela de acceso, permitiendo a los visitantes llegar al molino a través de un nuevo centro de interpretación instalado bajo la calle principal del centro histórico, la histórica calle la Mina (actual Nuestra Señora del Águila).

Esta intervención, lejos de alterar el entorno, lo ha revitalizado. Hoy, el antiguo teatro y el nuevo acceso al molino conviven como parte de un mismo discurso cultural. “No queríamos que el molino se visitara como una reliquia encerrada en sí misma”, explica Rivas. “Queríamos que formara parte del corazón vivo de la ciudad. Que su entrada estuviera integrada en el paisaje urbano, que sirviera como puerta a una nueva manera de entender nuestro patrimonio”, añade.
Eulogio González, presidente de la Asociación Pan de Alcalá —entidad nacida en 2016 para defender y divulgar el legado panadero de la ciudad—, destaca que en aquel molino subterráneo “el agua no solo movía las muelas, también marcaba el ritmo de todo el proceso harinero”. Según explica, la molienda se realizaba aprovechando la fuerza constante del manantial, que garantizaba una producción estable durante todo el año. “Se molía trigo de la campiña en turnos casi ininterrumpidos, y desde allí salía la harina que abastecía a muchos hornos de Alcalá y de pueblos cercanos. Era una molienda silenciosa, húmeda, que impregnaba el espacio de humedad, temperatura y ese aroma a grano molido que aún hoy parece flotar en el aire”, relata.

La asociación, que ha colaborado en la difusión del proyecto desde su origen, ve en La Mina un espacio clave para comprender cómo el pan —símbolo esencial de la identidad alcalareña— nacía de la interacción entre la tierra, el agua y la tecnología. Para González, “el molino de La Mina no es solo patrimonio arqueológico; es memoria panadera en estado puro”.
Una ciudad que recupera su subsuelo
El éxito de La Mina ha reactivado el interés por el patrimonio subterráneo de Alcalá, una red de canalizaciones, galerías y sistemas hidráulicos que atraviesan el subsuelo de la ciudad y que, durante siglos, fueron invisibles para la mayoría. La Delegación de Cultura trabaja en colaboración con la Asociación Andaluza de Exploraciones Subterráneas (AAES) para documentar y estudiar estos espacios, varios de los cuales podrían ser rehabilitados en el futuro.“La Mina ha sido solo el comienzo”, apunta Rivas. “Gracias a esta experiencia, sabemos que es posible poner en valor este tipo de infraestructuras sin renunciar a la seguridad ni a la autenticidad. Ahora queremos ir más allá. Hay varios kilómetros de galerías que pueden ayudarnos a reconstruir una parte fundamental de nuestra historia”, asevera.
Entre los próximos proyectos en marcha destacan la recuperación de la Estación de Bombeo de Adufe, en colaboración con la empresa pública Emasesa, y nuevas intervenciones en el recinto del Castillo de Alcalá, considerado uno de los mayores de Andalucía.
Turismo, cultura y escuela
El molino ha dejado de ser una promesa para convertirse en un hecho: el monumento más visitado de Alcalá en 2024 y un polo de atracción para el turismo de interior. “Ya no hablamos de expectativas, hablamos de realidades”, señala con orgullo el responsable municipal. Las más de 22.000 visitas registradas en su primer año confirman que el interés por este tipo de espacios va en aumento, especialmente cuando se ofrecen al público en condiciones de accesibilidad y con una propuesta cultural clara. Su apertura ha atraído a políticos y técnicos de Cultura de otras ciudades como de la vecina Carmona, que está estudiando cómo hacer visitables parte de sus más de veinte kilómetros de minas subterráneas.

Asimismo, desde el consistorio alcalareño se ha impulsado la integración del molino en rutas culturales que conectan con otras zonas del municipio como la Plazuela, el Museo de Alcalá o el patrimonio religioso. Además, se han diseñado actividades específicas para centros educativos, tanto de Alcalá como de otras localidades, que permiten a los escolares comprender in situ aspectos clave de la historia local, la arquitectura hidráulica y la evolución de la vida urbana.
Las iniciativas culturales vinculadas al molino incluyen visitas guiadas y libres, conferencias sobre la historia de la molinería, exposiciones temporales y, próximamente, visitas teatralizadas que facilitarán una aproximación emocional e inmersiva al espacio. “La historia de Alcalá con los molinos y el agua viene de largo”, recuerda Rivas. “Y La Mina nos permite contarla de una manera nueva, cercana, con una narrativa que atrapa tanto al visitante ocasional como al experto”.
Una ciudadanía comprometida con su legado
Si algo ha caracterizado la recuperación del molino es el papel activo de la ciudadanía. Desde las entidades culturales hasta vecinos expertos en patrimonio, pasando por colectivos vecinales y órganos de participación como el Consejo de Cultura, Patrimonio y Museos, Alcalá ha hecho de este proyecto un proceso compartido. “Parte de los miembros de la AAES son alcalareños, pero además hemos contado con el impulso de muchos ciudadanos que han reivindicado durante años la puesta en valor de este espacio”, explica Rivas.

Ese compromiso se ha canalizado a través del citado Consejo de Participación, un órgano consultivo en el que se integran representantes de asociaciones culturales, vecinos elegidos por sorteo y expertos y que ha contribuido a orientar políticas públicas en esta materia. Entre sus líneas de trabajo recientes se incluyen también la culminación del Centro de Interpretación del Castillo, el diseño de una nueva fase para la calle Nuestra Señora del Águila y la puesta en marcha de visitas al entorno arqueológico de Gandul. “El molino de La Mina simboliza ese paso adelante -afirma-, pero no es un punto de llegada. Es un punto de partida para seguir descubriendo, compartiendo y construyendo una Alcalá más conectada con su historia”.
Hoy, al descender al molino de La Mina, el visitante se encuentra con una ciudad que ha aprendido a mirar bajo sus pies, a rescatar lo que el tiempo y el olvido habían enterrado, y a convertirlo en un motor de futuro. Bajo la piedra y el agua, Alcalá late con fuerza. Y lo que durante décadas fueron historias de panaderos que parecían leyendas muy lejanas en el calendario, ahora vuelve a hacerse realidad para aquellos bisnietos de panaderos que siguen manteniendo el legado y haciendo gala de aquel dicho del alcalareño Agustín Prieto: “Mesa sin pan es como mesa sin galán”, una frase que resume mejor que ninguna otra el alma de esta ciudad harinera.