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Empezar de cero en el Hogar de la Esperanza de El Puerto: "La heroína vuelve, ya han muerto chavales"

En este inmueble ubicado sobre el proyecto fallido de cementerio en la zona de Las Veguetas, siete personas drogodependientes o en riesgo de exclusión social buscan comenzar una nueva vida

Daniel Marín, Antonio Luis y Eduardo Bueno, en el 'kilómetro cero' del Hogar de la Esperanza en El Puerto.
Daniel Marín, Antonio Luis y Eduardo Bueno, en el 'kilómetro cero' del Hogar de la Esperanza en El Puerto. MANU GARCÍA
01 de marzo de 2025 a las 08:00h

Nunca se enterró un cadáver bajo la enorme cruz que se erige en un terreno de Las Veguetas, en El Puerto. Allí, varias vacas pastan sobre la parcela que en los años 70 albergaría el cementerio. Se construyó antes de comprobar que un burro salió 'rebuznando' cinco años después de su entierro, vaya, que es una manera, entre los portuenses, de decir que el terreno no era apto. La que iba a ser la casa de la ordenanza, con el paso de los años, acabó en ruinas. Rodeada de un paisaje de cuento con una laguna donde se posan las aves. Y miles de margaritas que, juntas, parecen nieve.

Desde hace un año y medio, el inmueble deteriorado se ha transformado en vivienda. Actualmente, la de siete hombres que son testimonio vivo de que se puede salir adelante cuando todo se desmorona. “Todo se ha hecho con la ayuda del pueblo”, dice Carlos Pérez, sentado junto a Antonio y Manuel frente al Hogar de la Esperanza.

Desde hace tres meses está constituida como asociación de forma oficial, aunque lleva trabajando, dando nuevas oportunidades desde 2021. En sus habitaciones ya han dormido personas drogodependientes, en riesgo de exclusión social o que sufren soledad, procedentes de Sevilla, Granada o Cádiz. Durante su estancia cuentan con un servicio de psicopedagogía y participan en talleres de lectura, van al teatro o a ver un partido de fútbol. “La salida está restringida hasta que no vemos un avance”, comenta Eduardo Bueno, responsable del hogar.

Terreno donde se construyo el cementerio.
Terreno donde se construyo el cementerio.   MANU GARCÍA
Margaritas en la finca del antiguo cementerio.
Margaritas en la finca del antiguo cementerio.   MANU GARCÍA

Este portuense no dudó en sumarse al proyecto tras haber sido colaborador en varios centros de rehabilitación. “Años atrás estuve inmerso en el mundo de las drogas. Gracias a Dios hace mucho que lo dejé. Ayudo en lo que buenamente puedo, hay que ser agradecido. Conmigo se portaron muy bien y recibí mucha ayuda, y qué menos que devolver lo que ellos te han dado”, sostiene.

Antes de adentrarse en la casa, Eduardo se detiene en un mojón de carretera. El kilómetro cero. Un símbolo que da la bienvenida a un giro vital. “Aquí se empieza una nueva vida”, dice el portuense con una sonrisa. “Si te quieres quitar de la droga, no vayas a un centro, ve a cambiar de vida por completo”, dice.

La casa totalmente reconstruida tras un año y medio de trabajo, cuenta con una sala de lectura, habitaciones, cuartos de baño, cocina, un pequeño gimnasio y un lavadero. En el exterior, además del entorno natural, hay un huerto. “Esto era una escombrera”, dice Carlos, que ha prestado sus manos para levantar el hogar.

Eduardo muestra las instalaciones de la casa.
Eduardo muestra las instalaciones de la casa.   MANU GARCÍA
Mojón de carretera.
Mojón de carretera.   MANU GARCÍA

A su alrededor hay una papaya, gallinas, coliflores, tomates, pimientos o fresas. Antonio Luis es el encargado del cultivo que acaba en los platos a la hora de comer. Asegura que disfruta con las labores del huerto situado junto al inmueble de color verde.

“Nos donaron unos bidones de pintura, la mezclamos y salió ese verde, verde esperanza”, dice Daniel Marín, el alma de este lugar. Este portuense de 70 años habló a Carlos y Eduardo sobre proyecto que cuidan con esfuerzo. Ambos estaban en un centro de Jerez donde colaboraba. “Dani me llamó, me explicó todo y le dije que iba a venir un fin de semana a ver. El lunes fui a Jerez a por mi ropa y me vine para acá. Esto es especial. Yo tengo mi mujer y mis hijos, no vengo a dormir, solo cuando hace falta”, dice Eduardo.

Pero el inicio de esta historia se remonta a la jubilación de Daniel tras muchos años de autónomo vendiendo merchandising de MotoGP y Fórmula 1 por medio mundo. Se quedó en El Puerto, su ciudad natal, y se puso a buscar un sitio donde crear un lugar para ayudar a las personas con drogodependencia.

-Yo me voy de aquí- dijo Daniel cuando abrió la puerta de la casa en ruinas, sucia y sin puertas ni ventanas.

-De aquí no se mueve nadie, esto lo sacamos nosotros para delante- dijo Carlos.

Y el sueño se hizo realidad, una vez más. Daniel ya había puesto en marcha centros en Granada, Córdoba, Lucena, Ubrique, Cortes de la Frontera y El Puerto. Llevaba más de 35 años poniendo su granito de arena en pro de la reinserción. Lo hizo -y lo sigue haciendo- porque algo en su interior se le remueve cuando escucha historias de la droga.

Carlos y Daniel, en el huerto del hogar.
Carlos y Daniel, en el huerto del hogar.   MANU GARCÍA
En el huerto cultivan desde pimientos hasta fresas.
En el huerto cultivan desde pimientos hasta fresas.   MANU GARCÍA

 

Daniel Marín, en el exterior de la finca.
Daniel Marín, en el exterior de la finca.   MANU GARCÍA

“Yo era toxicómano. Hasta los 34 años mi vida han sido cárceles, prisiones, hospitales y manicomios. Un desbarajuste”, explica respirando aire puro. Se casó muy joven, su hijo murió con 22 años de una sobredosis y su mujer, a los 36.

En su memoria tiene grabado el año 1984, cuando tomó una decisión que cambiaría radicalmente su vida. “Decidí que, o me quitaba de esto o me moría”, dice el portuense, que optó por lo primero. Por entonces, apenas existían centros, pero tuvo la suerte de conocer a unos voluntarios de Alcohólicos Anónimos de Córdoba que le tendieron la mano. “No sé por qué la vida me puso delante de ellos. Les conté mi historia y me dijeron que me fuera con ellos”, cuenta.

Así que se mudó a una finca en la Sierra de Hornachuelos, en Córdoba, donde estuvo cuatro años recuperándose. “Yo fui pensando que me iba a morir porque estaba muy mal. No quería vivir así, venía de una hepatitis grande y de muchas enfermedades”, expresa.

Daniel, en una de las habitaciones de la casa ubicada en Las Veguetas.
Daniel, en una de las habitaciones de la casa ubicada en Las Veguetas.   MANU GARCÍA

Cuando se encontró con fuerzas regresó a El Puerto para incorporarse a la vida social, pero se dio cuenta de que era más complicado de lo que creía. “Yo no tenía sitio aquí. La gente pensaba que yo venía de la cárcel, que les iba a robar, se cruzaban de acera. Es una mochila que llevo y ya está. Pensé que iba a recaer y me fui otra vez unos tres años”, explica.

A su segunda vuelta, Daniel volvió a encontrarse con dificultades. Tuvo que cumplir una condena antigua después de doce años luchando por mejorar. “Eso se me atraganta”, suspira. Pero, a pesar de todo, Daniel le echó valor a la vida y siguió adelante con la motivación de ayudar a salir a otras personas que pasaban por la situación que él experimentó.

“El aprendizaje que me llevo de la gente de Córdoba es que si ellos me habían ayudado a mí por qué no podía ayudar yo a otra gente. Y empecé a montar centros y a colaborar en asociaciones”, explica mientras enseña otras partes de la casa.

Carlos muestra el inmueble totalmente reformado.
Carlos muestra el inmueble totalmente reformado.   MANU GARCÍA

Daniel, abuelo de siete nietos, cuenta que convirtieron la cochera en una habitación más para poder atender a quienes se lo pedían. “Aquí encontramos una plantación de marihuana, sorprendente, pero verdad”, dice señalando lo que iba a ser la sala de autopsia del cementerio, junto a la parcela donde se proyectaba el aparcamiento.

Son muchos los proyectos que ha llevado a cabo. Uno de ellos fue crear una cooperativa de reciclaje que acabó contratando el Ayuntamiento para el servicio de recogida de muebles. “El objetivo era que se centraran, yo digo que reciclamos personas”, comenta Daniel.

Con los pies en la tierra, comparte que en el Hogar de la Esperanza, los mayores suelen quedarse más tiempo que los jóvenes. Los primeros llegan tras muchas terapias, “quemados de todo” y buscan tranquilidad. Los segundos son las nuevas víctimas.

Carlos, en la finca donde  se encuentra el Hogar de la Esperanza.
Carlos, en la finca donde se encuentra el Hogar de la Esperanza.   MANU GARCÍA

“La heroína está volviendo con fuerza. En lo que va de año han muerto en la calle siete chavales y eso no sé por qué no sale en ningún lado. Hay jóvenes con 20 años que nos llaman y nos preguntan porque han pasado una mala noche. Está a seis euros la papela, y buena, y los chiquillos se están tirando de cabeza”, alerta el portuense.

Comparte que siente frustración cuando los jóvenes no entran en razón. “Les cuentas lo que pasó en los ochenta y te dicen ‘Eso te pasó a ti que eras tonto, yo soy el más listo del mundo, a mí no me pasa’”, lamenta.

También advierte de otro problema invisible que sufre la sociedad actual. Habla de la soledad. “Gente que está sola y te llama y te dice, Daniel, me voy a ahorcar en mi casa”, comenta desde ese hogar donde la esperanza es lo último que se pierde.

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Patricia Merello

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