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Andalufobia, el rancio costumbrismo xenófobo

La estrategia consiste en hacernos creer que Andalucía es como un tercer mundo dentro de un primer mundo a préstamo

24 de marzo de 2025 a las 08:10h
Pintada en la pared sobre el acento andaluz.
Pintada en la pared sobre el acento andaluz.

Está pasando. De hecho, lleva ocurriendo muchísimo tiempo. Por más que los medios quieran pasar de puntillas y pretendan dar una pátina baladí o pasajera, la andalufobia es una realidad tangible, perfectamente organizada y que se asume con una normalidad que asusta. La hemeroteca está repleta de ejemplos que evidencian que la sociedad a la que pertenecemos es prejuiciosa a más no poder, a la par que exclusiva (que no inclusiva, por más motos que nos quieran vender).

Ha vuelto a ocurrir. En esta ocasión una reputada presentadora de televisión, quien ha pedido públicamente subtítulos para, según ella, entender a un andaluz parlante. No se trata de un hecho aislado, en el ámbito de las redes sociales los casos se quintuplican. Estos comportamientos, por execrables que sean, se quedan en paños menores cuando lo elevamos a una categoría superior. Y es que, resulta imperdonable que los discursos de odio hacia lo andaluz hayan obtenido eco y tornavoz en lugares como instituciones públicas y articulados por servidores públicos. Sí querido compatriota, por parte de aquellos que se llenan los bolsillos con nuestro dinero y que se encuentran en las antípodas de todo lo que supone y espera de un verdadero y leal servidor. Esos mismos que vertebran sus discursos sobre eslóganes tan cínicos como vacíos.

Más allá de clichés y estereotipos, lo triste y lastimoso del asunto es que, la inmensa mayoría de críticas se sostienen sobre prejuicios irracionales, pueriles y apabullantemente pobres como el habla o el acento. Porque claro, cuando un andaluz se muestra en un registro cómico y/o servil —valga como sempiterna muestra las series de televisión, en las que el papel de andaluz representa lo más bajo del estrato social— ahí no existe problema alguno. El problema viene cuando un andaluz o andaluza tiene a bien destacar en un plano cultural o divulgativo. Ahí es cuando salta el imbécil de turno para afear nuestra conducta; como si estuviéramos ocupando un espacio que no nos corresponde.

Afirmar que la andalufobia tiene trazas de racismo es tan cierto como aquella patrañabienquedade la diversidad lingüística. A lo sumo, la estrategia consiste en hacernos creer que Andalucía es como un tercer mundo dentro de un primer mundo a préstamo. Algo parecido a ser parte de un ecosistema del que, por naturaleza y condena hereditaria, partimos como sujetos inferiores; sometidos a la opresión del yugo de aquellos que imponen su lengua y pronunciación —que por cierto, en ningún caso es más válida y legítima que la nuestra—.

En este experimento apasionante al que llamamos vida, la tabula rasa de nuestra conciencia se retroalimenta por el influjo de todos los estímulos que nos rodean o de lo que hemos aprendido de nuestros mayores. La identidad propia como andaluces nos reconcilia con la historia. Por eso, aquellos que perviven en la diáspora, abrazan todo lo que sepa a raíces. De ahí la importancia de mantener el acento pese a que la vida y las circunstancias te lleven a la otra punta del mapa.

Antes de acabar, y a modo de epílogo, permítame un consejo que nadie me ha pedido. No deje que nada ni nadie le sonroje por su habla andaluza. Y si se diera el caso, responda con el choteo y la guasa que merece: “Yo no hablo mal, aprenda usted a escuchar bien… carahote”. (Esto de carahote lo dejo a modo de bonus track opcional para los más osados).

Gracias por la lectura.

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