El domingo pasado era, en principio, un día más: uno aburrido, condenado a confundirse entre otros días igualmente anodinos para, finalmente, convertirse en nada. Entonces Facebook acudió al rescate: me recordó una story subida hace dos años con la magnífica canción con la que empieza Midnight in Paris —la última gran película de Woody Allen—.
Por alguna razón que ahora agradezco, el audio no sonaba, así que fui directo, así como flechado –flecha de amor, supongo– hacia YouTube. Y ahí estaba el principio: esos bellos acordes de jazz acompañando las imágenes de ese París que había soñado el director americano. Porque no era el París real, era otra cosa: esos colores vivos, la simetría de todos los planos, las luces de interior de los cafés, atravesando tenues los cristales y dibujando un cuadro impresionista en el adoquinado húmedo de las calles. Los hombres y mujeres sentados en cafeterías con un libro en la mano. Un hombre solitario agarrado a un paraguas, con la Señora de París al fondo.
Era París, o mejor dicho: era el París de Woody Allen. Y no sé bien por qué, pero esa música, esa melancolía y ese alborozo que sé que tuvo que sentir el cineasta al ver que daba vida a un sueño, me pusieron entonces contentísimo. Así que dejé el móvil, con ese vídeo en bucle, sobre la mesa. Y comencé a bailar.
Los perros que hasta ese momento andaban dormitando en el sofá, despertaron de su letargo y comenzaron a mirarme completamente atónitos. Pancho empezó entonces a mover el rabo y se puso a dos patas. Lo agarré y continué bailando mientras lo sujetaba en brazos, y su cola seguía moviéndose más y más rápido, como batuta al compás de la alegría. Me intentó lamer, y yo reía al tiempo que bailaba. Y reía, y Edu se puso a morder la pelota, con ganas de jugar conmigo. Y todo en realidad por ese hombre, todo por ese hombre que hubo un día hace ya casi 15 años que imaginó una forma de su felicidad y que un domingo contagió a una tarde anodina y mustia, y la hizo florecer. Y la salvó del olvido.