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Los dones del lenguaje

No se les ha visto rasgarse las vestiduras ni alertar a la población sobre las sucesivas circunstancias históricas y sociales en las que el uso genérico del masculino no se corresponde con la realidad

24 de febrero de 2025 a las 11:44h
Lenguaje inclusivo usado por la izquierda.
Lenguaje inclusivo usado por la izquierda.

Es natural que las mujeres esperemos que el lenguaje nos incluya como agentes de derecho ya que, hasta ahora, en el mejor de los casos lo hacía como sujetas (sí, sujetas, atadas, dependientes) a derecho, objeto de derecho o simplemente nada. Parece como el uso de la palabra fuera precedido por el tratamiento masculino don. 

El lenguaje es versátil, vivo, cambiante, unas veces refleja la realidad y en otros casos ejerce una función disuasoria o aleccionadora. Puede excluirnos de prácticas sociales directamente o dar la apariencia de que incluye para luego “nadificar” a quien pretende ejercer de hecho su inclusión. 

Algunos ejemplos de toda la vida: La proclamación de los derechos del hombre y del ciudadano ¿Incluían a las mujeres o simplemente incluían una trampa para ingenuas? Olimpia de Gouges pagó con su vida la ingenuidad y el equívoco.  Otro ejemplo notable es el sufragio universal que sólo demostró que no era universal cuando las sufragistas exigieron su derecho al voto y su búsqueda las puso a los pies de los caballos.

Es cierto que cada en momento de la historia el lenguaje ha reflejado las ideas y prácticas dominantes: Las mujeres de la calle, las mujeres de vida alegre, las mujeres de la vida, las desahogadas, mujeres de mundo… Se entiende que esto era así por contraposición a las mujeres de la casa, las mujeres de vida triste, mujeres de la muerte, las ahogadas o las mujeres de inframundo. 

Quizá la forma más notoria, por imposición, costumbre o tradición, del uso del lenguaje al servicio de la hegemonía social de lo masculino es la inclusión de las mujeres en el concepto hombre. Al parecer no han notado lo que tiene de prepotencia y la anulación que supone para la mitad del cielo, como tampoco han percibido la forma en que la palabra hombre se erige en ocasiones como barrera contra el simple sentido común. Pero poca cosa se puede esperar de una tradición que forma parte de la misma lógica cultural que considerar a las mujeres como un subproducto fabricado a partir de la costilla de un hombre y para su distracción. 

No he visto que ninguno de esos ocupantes de las letras y otras cátedras, que hoy se muestran tan molestos por los supuestos daños que el lenguaje inclusivo está causando a nuestro lenguaje, hayan mostrado jamás tamaña indignación por el uso abusivo del masculino como forma genérica de referirse a hombres y mujeres. 

No se les ha visto rasgarse las vestiduras ni alertar a la población sobre las sucesivas circunstancias históricas y sociales en las que el uso genérico del masculino no se corresponde con la realidad, sino que la oculta y contradice. Pero, luego, se muestran complacientes con el uso de expresiones tan claramente híbridas como madre patria.

Sí que salta a la vista la forma tan chulesca en que algunos ¿versos sueltos? Critican los intentos de tejer una nueva forma de usar el lenguaje para tratar de hacer visible nuestra existencia como agentes de la historia y no solo pacientes, víctimas o dependientes. Se les ha visto y oído ridiculizar desde sus cátedras autoproclamadas lo que algunos consideran abusos del femenino. 

Lo cierto es que, a falta de propuestas en positivo, muchas de las críticas que vierten los autodesignados del lenguaje se convierten en argumentos de barra de bar para machistas trasnochados.

A estos señores, académicos o no, escritores o letrados, de uniforme o togados, de chándal o de traje, les hemos dado tiempo de sobra para que hicieran su aportación a un lenguaje inclusivo capaz de reflejar los cambios en la realidad, en la relación entre hombres y mujeres y en la relación de las mujeres con el mundo. 

Aprovecho la ocasión para recordar a algún académico de la lengua que, es su momento, se le negó la entrada a doña María Moliner en la Real Academia.  Pero, al fin y al cabo, ¿Quién era ella? Apenas la autora del mejor diccionario de uso del español. 

Desde entonces y aún antes, tiempo han tenido de ver la realidad que pasaba ante sus ojos igual que ante los nuestros. Y lamentamos que no les haya parecido interesante llamar la atención sobre el equívoco interesado del masculino genérico.

Nos gustaría poder esperar de las personas cuyo oficio es tejer las palabras armoniosamente para contar historias que se sumaran sin complejos y con generosidad a nuestro esfuerzo común para que las palabras sean también hermosas, ajustadas y leales al relatar la vida.

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