Dos semanas tardó Friedrich Nietzsche en escribir El crepúsculo de los ídolos. Lo concibió como una introducción breve para nuevos lectores que quisieran aproximarse a su pensamiento. La fama que poseía ya en 1888 no aconsejaba otra cosa. Podemos entenderlo, salvando las distancias, como una acertada maniobra de marketing editorial para captar seguidores.
En esta obra, el filósofo de Rockën analiza a esos ídolos que han ido apareciendo a lo largo de la tradición como valores supremos para regular nuestro comportamiento y marcar el estilo de vida que resulta adecuado. Con su martillo demoledor, el alemán tocaba a unos ídolos que no resistían el golpe.
Sonaban a hueco, no eran más que un fuego fatuo, una ilusión pergeñada por el ser humano que se desvanecía ante una mirada detenida. El ocaso de los endiosamientos. «Mas, como no pueden apoderarse de ello, buscan razones de por qué se les retiene. Tiene que haber una ilusión, un engaño en el hecho de que no percibamos lo que es: ¿dónde se esconde el engañador? Lo tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensibilidad!».
La sensibilidad, ese defecto que nos convierte en mortales bicéfalos, como escribió Parménides, o que nos mantiene encadenados en el fondo de la caverna de Platón. El engaño y la sensibilidad: qué peligrosa pero habitual pareja de baile.
Nunca pensé que visitar a Nietzsche devolvería mis pensamientos al narcotráfico mexicano. O tal vez sí. El caso es que no he podido evitar pensar en Emilia Pérez mientras releía cómo se filosofa a martillazos. Contrariamente a lo que pueda parecer, el personaje de la encumbrada película de Jacques Audiard no existió realmente; al menos no como el líder mexicano de un cártel de la droga que inicia su transición de género.
La inspiración es, digamos, bastante más libre y francesa ―en varios sentidos―, y proviene de un personaje de una novela de Boris Razon. El caso es que su intérprete, la actriz Karla Sofía Gascón aportó bastante de su propia experiencia vital a su protagonista transgénero. La cinta, no exenta de polémica por retratar México sin salir de Francia ni pretenderlo, ha cautivado a la crítica y posee nada menos que trece nominaciones a los Óscar. Entre ellas, la histórica nominación de Gascón como mejor actriz. Pero como bien saben, el crepúsculo de los ídolos ha tardado mucho menos de dos semanas en llegar para ella: han bastado unas horas.
Las que tardó la periodista musulmana Sarah Hagi en desenterrar los tuits que la actriz había publicado hace años. Entre las perlas encontradas, hay comentarios racistas, islamófobos e incluso críticas al movimiento Black Lives Matter. Y en cuestión de minutos las redes se inundaron de mensajes pidiendo su cancelación. De hecho, Netflix la ha apartado ya de la promoción de la película y no parece nada probable que pise la alfombra roja en Los Ángeles. Ya está confirmado que no acudirá a la gala de los Goya. La actriz quiso aplacar los ánimos con un comunicado, pero aún fue peor: ambigua, sin reconocer errores, sin mencionar a las comunidades a las que ofendió y esperanzada en un próximo e inquietante triunfo de la luz sobre la oscuridad.
Y es que la disidencia y el reaccionarismo no empastan bien, como la sensibilidad y el engaño. A muchos les ha sorprendido que una persona trans pueda ser racista y realizar comentarios despreciables. Como si la empatía o el sentido común debieran habérselos insuflado a golpe de terapia hormonal. Como si los fuegos fatuos dejaran de existir con el maquillaje, como si la adoración no estuviera exenta de vacíos, de ídolos huecos. «Matan, rellenan de paja, esos señores idólatras de los conceptos, cuando adoran, se vuelven mortalmente peligrosos para todo, cuando adoran». Faltan lecturas de Nietzsche y sobra el D. F. en París. Sobra ficción. Sobran malas.