El andaluz tiene, históricamente, algo que decir. Otra cosa es que quiera. Otra cosa es que se le escuche. Ha pasado siempre. El sur, la periferia, tienen esa herida con la voz. A veces pienso que la calma que se nos achaca no tiene tanto que ver con los clichés del buen tiempo o la cultura milenaria, sino con la de los cuerpos acostumbrados a que no les hagan mucho caso.
Nos ha pasado a todos: primero te enfadas, luego te da desidia y te pones a hacer tus cosas. Esperas. El sur, Andalucía, es una tierra que espera. Se la obvia de tal manera que cuando desde fuera se dan cuenta que existimos más allá del paisaje y el safari que se pegan por aquí madrileños y españolitos en verano, aparece siempre esa cara de sorpresa.
Por la queja, por el grito, por no estar adocenados a una mirada de estigmatización sibilina construida durante siglos, que al tiempo que te cede la excelencia artística y creativa en el marco de la cultura española, te arrincona como el payaso del Estado. El vago, el tonto, la siesta, la gracia y el salero, la Milana bonita. Estoy harto de que digan que mi tierra no es “cateta” porque Lorca, Machado, Juan Ramón y el interminable etcétera. No me hace falta.
Como vea un dibujito más con los caretos de nombres célebres como excusa para que cualquier pijo de Despeñaperros para arriba no me mire de mala manera cuando escucha mi acento, te juro que tiro el móvil por la ventana. No se trata de eso. Tiene que ver con la voz. Con la dignidad de la voz. Y para eso no hacen falta libros de historia porque, cualquiera que los lee se da cuenta, si los utilizáramos como ladrillos para hacer un muro, por aquí no entra ni Dios. Se da por descontado.
De nuestra voz, de nuevo, cualquiera que la estudie o simplemente observe, sabe que es la más performativa, rica, capaz. Nombra con la libertad que nombra un dialecto. Y se la arrincona, menosprecia y calla como se arrincona, menosprecia y calla a cualquier dialecto. Al comienzo de esta década, los politólogos hablaban de dos nuevos conceptos en Andalucía. El primero, una tercera ola andalucista, que no se ha traducido en otra cosa que no fuera una suerte de interesada renovación del folclore.
De anuncios turísticos de la Junta, de cerveza, de alguna nueva música mainstream que el mercado ha asumido con devoción y un pastiche simbólico que la nueva generación ha conseguido hacer identidad a base memes y ritos escolares. He aquí el segundo concepto, menos conocido, pero que caló en algunos. La generación del mollete. Esos niños millenials que nos educamos cada 28 de febrero tomando pan con aceite, tocando el himno de Blas Infante con la flauta en el salón de actos y pintando banderitas blanquiverdes en la asignatura de Plástica. Eso, se decía, creó en nosotros una identidad diversa. Orgullosa. Que tenía que ver, como todo lo importante, con la infancia.
Por desgracia, pasados los años, de poco nos está valiendo ese aparataje simbólico más que para la misma cantinela de siempre: la estigmatización y la violencia, cuando no una invisibilización crónica de nuestros problemas, de nuestra pobreza cronificada. Uno se da cuenta de que es andaluz cuando sale de aquí y le tratan de repente como un perro. Toque la flauta mejor o peor.
Han pasado los años y aquella generación del mollete ya no tiene quien le escriba y aquella tercera ola andalucista quedó en una marejadilla. Son los peligros de intentar domesticar una fuerza viva, que cuando no se aprovecha para hablar de pelas (de vivienda, de salarios, de derechos) se transforma en una cárcel. Donde se espera. Te aburres.
Y también uno se cansa de tener que explicar lo básico, lo esencial del asunto: la bandera no significa más que lo que queramos que signifique. Lo sabe bien quien gobierna en esta tierra y tapa con blanquiverdes listas de espera en la Sanidad, privatizaciones de servicios públicos y una desigualdad galopante donde está dando tiempo hasta para resucitar a los señoritos. Si la bandera andaluza no es bandera de justicia social, para mí es un trapo. El andaluz siempre tiene algo que decir, de eso sí estoy seguro. Y la nueva generación, eso espero. El día que gritemos, verás.