Ir al contenido

Guapa

Nos dijeron que podíamos ser libres, realizadas y maravillosas con dos trabajos intensos fuera y dentro de casa, y con hijos

08 de marzo de 2025 a las 08:15h
Una imagen de la manifestación del 8M en Sevilla, en una edición anterior.
Una imagen de la manifestación del 8M en Sevilla, en una edición anterior. MAURI BUHIGAS

Hoy es 8M y siempre, ustedes lo saben, servidora tiene algo que decir si me lo permiten (y si no, también), No importa en la situación en la que me encuentre, ni debe influir la etapa en la que esté ni la salud de mi autoestima. Alzar la voz, aunque se tenga tan solo un hilito, por dignidad. No se trata de reivindicar de forma agresiva, ni tampoco de buscar gresca con los varones.

Es mucho más complicado por su simpleza: la paz entre iguales, el equilibrio entre personas con independencia de lo que hay en la entrepierna o el corazón. Pero hoy, en pleno siglo XXI, cuando deberíamos tener ya muy claro que para atrás ni para tomar impulso, viene Trump y nos la juega. Y es sólo un ejemplo de pedrusco, de bolardo en el camino en la evolución de la humanidad.

Por aquí cerquita también hay obstáculos que no por ser más pequeños hacen menos daño, y observamos como en lugar de avanzar, caminamos en sentido inverso, como si una fuerza extraña nos anclara a un pasado conocido letal, aunque parezca que es la zona de confort, el lugar adecuado junto al monstruo que nos es familiar, por temer más a los cambios y a la incertidumbre que al dolor que provoca lo que ya nos ha matado. En fin. Que me desvío.

Muchas veces he hecho referencia a la leyenda de Sísifo, y su condena de empujar colina arriba una enorme roca que al llegar a la cima, cae eternamente. Esa sensación de esfuerzo titánico en vano quizás la conozcan muchos lectores, y sobre todo, las lectoras, me lo van a permitir. Esta fecha que se acerca debería servir, y de hecho me consta que se intenta desde las instituciones donde tengo amigas que son grandes profesionales, para incidir en lo cotidiano, en que el techo de cristal es muy grueso y muy antiguo, no es de vidrio frágil ni finito. Que las mujeres, al tener que demostrar a diario que podemos con todo, incluso con el miedo y el peso de la culpa inculcada desde antes de nacer, vivimos en un infierno constante que no por haberlo climatizado quema menos. 

Nos dijeron que podíamos ser libres, realizadas y maravillosas con dos trabajos intensos fuera y dentro de casa, y con hijos: no te preocupes, Mari, el Estado te paga más por ser madre de dos niños, te ajusta los horarios para que puedas conciliar y te da todas las facilidades del mundo. Incluso, viene Pedro Sánchez a abrazarte a tu casa y a llevarte a la peluquería. Claro que sí, guapa, porque además hay que mantener el tinte en su sitio (y las tetas, con perdón).

La ironía a veces, sin llegar al sarcasmo cruel, es una bocanada de aire en medio del humo que nos venden. Y lo de guapa, en carnes propias lo vivo con dolor. No por ser bella como una estrella, para nada, pero créanme si les aseguro que hay trogloditas vivos, y que para ellos es  contraproducente y sorprendente que la mujer, además de serlo, lo parezca en el aspecto.

Les cuento un secretito ahora que no nos ve nadie: a un importante crítico literario, de los antiguos, entiéndanme, siempre halagador hasta la cursilería, es muy probable que servidora, por lo que sea, ya no le interese, y la forma más intelectual que conoce es espetarme que no debo preocuparme, porque soy guapa y joven, y además ya he publicado muchos libros. Me aconseja que me centre en mi “belleza” y en ser feliz, que no sea ególatra, y que no me duela que mis méritos profesionales no se tengan en cuenta, otra vez, a estas alturas. Imagino que este buen señor no entenderá mi perplejidad, porque me ha llamado guapa y ya con eso tengo alimento para todo el mes. En fin. Ocho de marzo, de nuevo, y tanto por hacer...

Menos mal que somos guapas.

Lo más leído