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Una historieta sobre el comunismo y la libertad

El bienestar viene determinado por la posesión de los medios de producción, que es el factor más importante del desarrollo económico

17 de febrero de 2025 a las 11:27h
Naufragio en una imagen de archivo.
Naufragio en una imagen de archivo.

Hace unos días, en un bar del Paseo, me comentaba un conocido que ya estaba harto del Perro Sanche y su gobierno de social-comunistas, que era mucho mejor para la sociedad la política de la libertad que defiende la derecha.  Cuando le pregunté si me podía explicar en qué consistían exactamente esas políticas a las que hacía mención, solo acertó a contestar que el comunismo era “lo de Rusia” y que el liberalismo es “lo de Trump”, pero sin dar ninguna otra explicación.  Y me di cuenta de que no era el único, algunas de las personas que le acompañaban contestaron en el mismo sentido, sin saber exactamente de qué se tratan realmente tanto el comunismo como el liberalismo.

Traté de explicarles que la base del liberalismo es dejar que cada cual busque en primer lugar su propio beneficio y que eso acaba repercutiendo en el bien de todos, mientras que el comunismo persigue primero el bien de la comunidad, lo que a la postre acaba desembocando en el bienestar individual de las personas.  Por otra parte, el bienestar viene determinado por la posesión de los medios de producción, que es el factor más importante del desarrollo económico.  Como vi que no me estaba haciendo entender, tras pensarlo unos instantes les planteé una pequeña historieta…

“Una vez, un crucero sufrió un terrible naufragio y algunos de los supervivientes se las arreglaron para llegar a una isla cercana.  Un grupo de unas diez personas logró alcanzar la playa de la isla con su bote, mientras que otro grupo similar alcanzó la costa en el otro extremo de la isla, cerca de un acantilado.  La isla era bastante grande y ambos grupos no llegaron a verse, desconociendo la existencia del otro grupo.  El primer grupo (el que llegó a la playa) pasado el shock inicial, pensó que la mejor manera de sobrevivir hasta que llegara la ayuda era organizarse, definir las tareas que debían ser llevadas a cabo y repartir el trabajo entre todos.  Así, dos personas se pusieron a reunir troncos para construir un refugio, otros se adentraron en la isla en busca de agua potable, un pequeño grupo realizó una batida en busca de más supervivientes (encontraron a dos personas heridas en una cala más septentrional) mientras que otros usaban el bote para tratar de pescar.  Al final del día, la construcción del refugio ya había comenzado, habían localizado un riachuelo de agua dulce, los heridos habían sido atendidos lo mejor que se pudo y tuvieron la suerte de disfrutar de una cena a base de pescado asado.

Por su parte, el otro grupo de supervivientes (el del acantilado) no logró llegar a ningún acuerdo y cada cual trató de arreglárselas por sí mismo.  Algunos encontraron comida, pero no agua, otros encontraron refugio, pero no comida y nadie se preocupó de buscar a más supervivientes del naufragio.  Hubo quien compartió parte de la comida que había encontrado, pero también hubo quien prefirió no hacerlo.  Lo mismo ocurrió con el agua y con el refugio, por lo que algunas personas tuvieron que dormir al raso y otras no comieron nada en todo el día.  Al cabo de unos días, el grupo de la playa había completado un refugio con troncos y ramas, habían desviado el riachuelo para que pasara cerca del refugio y habían localizado un par de buenos lugares para pescar.  Los dos heridos eran convenientemente cuidados y alimentados en la misma medida que los demás, aunque de momento no pudieran trabajar para el grupo.

En el otro extremo de la isla, el grupo del acantilado estaba teniendo serios problemas.  Se habían formado dos bandos: uno controlaba una cueva que servía de abrigo, mientras que el otro mantenía en secreto la ubicación de un lugar de pesca.  El bando de la cueva exigía un pago en pescado por permitir al otro grupo refugiarse en ella durante la noche y calentarse en la fogata que encendían con el único mechero del que disponían.  Las negociaciones sobre cuánto pescado pagarían cada noche eran durísimas, pues la comida nunca sobraba.  Un día, mientras pescaban, vieron unos cadáveres flotando cerca de ellos, probablemente de supervivientes del naufragio a los que nadie ayudó en los instantes posteriores a la tragedia.  También hubo un temporal que duró unos días, en los que apenas se pudo pescar.  Ambos bandos no lograron ponerse de acuerdo en la cuota de pescado a pagar y los de la cueva no permitieron que los pescadores accedieran al refugio, ni los pescadores compartieron nada de pescado con el bando de la cueva.  Por consiguiente, algunos enfermaron a causa del frío y otros comenzaron a mostrar evidentes signos de desnutrición.

El grupo de la playa, que había conseguido cubrir sus necesidades más básicas con la colaboración de todos, pensó que debían hacer algo para ser encontrados con mayor facilidad, así que colocaron una serie de banderas de colores llamativos por la costa.  El grupo del acantilado, inmerso en continuas peleas y discusiones, ni siquiera se llegó a plantear nada similar.  Finalmente, después de dos semanas, un barco mercante avistó las banderas y logró rescatar al grupo de la playa.  Por el otro lado, el grupo del acantilado llegó a ver el barco que se acercaba a la isla y trataron de alcanzarlo, pero estando en su mayoría desnutridos y enfermos no llegaron a tiempo y el barco se marchó”.

Bueno, y… ¿qué nos quieres decir con esa historia, Rafa? – me dijo el que criticaba al Perro Sanche. 

Muy sencillo – le contesté –, para empezar, el grupo de personas que decidieron trabajar para los demás y que confiaron en que cada cual cumpliría su parte de la mejor manera posible fue el que logró sobrevivir, incluso pudieron ayudar a las personas que estaban heridas.  Mientras, el grupo que optó por el “sálvese quien pueda” salió mucho peor parado, es más, algunas personas decidieron quedarse para sí mismos recursos de los que todos se podrían haber beneficiado, como el refugio o la comida.  El resultado directo fue que algunos enfermaron y a la postre, no hicieron nada para ser rescatados.

La trasposición al mundo real es que la “libertad” individual puede traer algunos beneficios en el corto plazo, como el poder cobrar por alquilar el refugio, pero a la larga tiene muchas desventajas, pues los demás también te exigirán un pago cuando tú quieras acceder a sus recursos.  Por otra parte, no existe el sentimiento general de que la comunidad debe ayudar a los más desfavorecidos (nadie buscó supervivientes, ni permitieron a los enfermos refugiarse en la cueva) por lo que los que controlan los recursos acaban por quedárselo todo, en detrimento de los menos afortunados.  También, mientras todos están muy ocupados en sus propios asuntos, nadie trabaja por el bien común si no supone un beneficio individual en el corto plazo, por lo que los trabajos que requieren esfuerzos importantes (colocar muchas banderas) raramente se hacen.

Mi interlocutor parecía un poco confundido: “Y en España, ¿en qué estamos?”, preguntó.  “Pues en una cosa intermedia”, le contesté, “hay una cierta libertad individual para dedicarte a lo que quieras, pero debes contribuir con una parte de tu trabajo (los impuestos) para el bienestar de todos, así se harán hospitales, escuelas y se acometerán proyectos que de otro modo serían inviables.  Incluso en las sociedades más liberales (como los Estados Unidos) existen los impuestos en mayor o menor medida, ya que de otra manera sería imposible la civilización tal y como la conocemos hoy.

La gran pregunta es: ¿Y tú en qué grupo quieres estar?

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