Las personas mayores han destilado, con los años, un extracto riquísimo, una sabiduría que no se estudia, y ven con nitidez lo que tenemos a un palmo de narices.
Un compañero de trabajo, bromeando, me contaba anécdotas de su madre, anciana. Me contaba que ella, delante de sus amigas, presumía así de él: «este mi mayor, el que me enseñó a ser madre».
A veces, la inocencia de un manojo de palabras lleva consigo una verdad incontestable, una revelación de las que luego parecen evidentes.
Todos nos enseñamos a ser quienes somos. Las madres nos enseñan a ser hijos, un hermano enseña al otro a ser hermano; un nieto enseña a su abuela a ser abuela, y un vecino, a su vecino. El amante aprende a ser amante gracias amado; el compañero de clase o de trabajo, a ser compañero; el público aprende a ser público por el artista, y el cliente a ser cliente por el vendedor o el camarero.
Es un aprendizaje horizontal en el escenario del mundo, donde cada cual tiene un papel que es múltiple (sobrino, transeúnte, persona de la mesa de al lado de un café, componente de un grupo, expareja, etcétera). Y ese hecho de que todos seamos muchos en un solo ser es lo que nos hace tan distintos y lo que nos acerca.
Que no se nos olvide que, sobre el escenario, solo nosotros podemos desempeñar nuestro papel. Y tenemos la condena de esa libertad hasta cuando marque el telón, sin que podamos detener este continuo ensayo.