José Carlos Montoya, más conocido como Montoya a secas, lo ha reventado estos días en Twitter. Ha conseguido un éxito que no logro entender muy bien. Quizá por eso escribo esta columna. Desde que comenzó el programa La isla de las tentaciones —sí, ese programa al que van parejas para “tentarse” o, mejor dicho, para ver en una tablet cómo su novio o novia se lo pasa en grande con algún desconocido—, Montoya saltó a la fama y se hizo viral en Twitter. Y lo hizo precisamente por esos momentos en los que lo vemos rabiar al ver a su novia a través de una tablet, tontear, besarse, probar la consistencia del colchón con lo que llaman un “tentador” —en este caso, uno bien conocido por los seguidores del programa: el fatigador de camas y realities er Manué—.
Ha sido viral, sobre todo, el momento en que se quita la camisa —como ya nos tenía acostumbrados en otras reacciones anteriores— para salir corriendo por la playa en busca de Anita, su novia.
Y cuando digo viral, no quiero decir dos o tres mil retuits. Cuando digo viral; digo viral. Estamos hablando de que Twitter está plagado en este instante de mensajes de brasileños, estadounidenses, argentinos, franceses… hablando de Montoya. Y no solo lo hacen usuarios anónimos de todo el mundo, sino que grandes marcas como KFC o equipos de fútbol como el Borussia de Dortmund o el Paris Saint-Germain están publicando memes sobre el concursante en sus cuentas oficiales. Cuando me di cuenta de hasta dónde había llegado la broma, no daba crédito. Algunos hablan de Historia del meme en España. Y no me extraña: no había pasado nada remotamente igual desde el Risitas.
Y en fin, que todo el mundo habla de Montoya y quiere saber más de este sevillano atrabiliario, chispeante y verdadero. Así que desde hace algunos días podemos ver ya publicaciones en distintas redes sociales y medios de comunicación que nos cuentan detalles de la vida del ilustre José Carlos Montoya. Sobre todo, de sus anteriores apariciones públicas. Y es que Montoya será un one-hit wonder, pero esta no ha sido su primera vez; lleva años participando en todo tipo de programas de televisión. Estuvo en Mujeres y hombres y viceversa de pretendiente, participó en Sálvame, en Qué tiempo tan feliz, sacó una canción bajo el nombre D’ Montoya y titulada “Vaya tela con la Manuela”, y fue al Chiringuito de Jugones a canturrerla; luego decidió probar suerte fuera de España y entró a participar en un reality llamado The language of love, volvió a España después y, en un giro inesperado de los acontecimientos, concursó en el reality de supervivencia —este sí, no como Supervivientes— El Conquistador. Y, por último, en La Isla de las Tentaciones.
Sin embargo, nadie tenía ni idea de quién era Montoya hasta que no le hemos visto recorrer esa playa como alma que lleva el diablo. ¿Cómo puede ser que nos haya pasado tan desapercibido este muchacho que se había recorrido todos los altares, persiguiendo la fama y el dinero fácil como un loco, igual que buscaba a su Anita para pedirle explicaciones por tanto dolor innecesario? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué no teníamos ni idea de quién era hace dos días y ahora es conocido en todo el mundo?
La respuesta es evidente: por la verdad. En este mundo globalizadamente homogéneo donde todos piensan y dicen lo mismo, donde todos se visten y se peinan igual, lo único que aflora, lo que nos conmueve y atrapa es la verdad. No nos interesaba ese Montoya que iba con su papelito de andaluz graciosete que dice “ole” y se pone a dar palmas para triscarse a una guiri o una vasca; no. Igual que no queremos al Montoya que se coge una guitarrita y empieza a tararear una melodía facilona y con una letra ridícula. Eso es falso, es de cartón piedra. Estamos hartos de eso; del horror de lo igual, de las mentiras, de lo fake. Queremos al Montoya que da una patada al soporte donde está la tablet, esa ventana que le muestra el horror: a su novia acostándose con otro hombre. Queremos al Montoya que se arranca la camisa y va corriendo a la orilla para dejarse mecer por las olas mientras no puede hacer otra cosa que gritar “por qué”.
Queremos al Montoya que corre y suelta por la boca decepción, dolor, tristeza, ira. Eso es lo que compramos, eso anhelamos. En televisión, en el mero entretenimiento; pero también en la literatura, en el cine, en el arte. No la consabida serie de Netflix o el librito de crímenes en una aldea remota de Soria; queremos esa obra que sale de las tripas, de la necesidad, esa que hacemos sin esperar nada de los demás, simplemente por nosotros mismos. Queremos al Montoya de la Isla de las Tentaciones. Entre tanta monotonía y falsedad, solo lo genuino, lo real, lo verdadero.