Decía Epicuro que no había que temer a la muerte porque cuando ella estaba, no estabas tú. También afirmaba que no había que temer al dolor porque si no era un mal importante, pasaría pronto y si lo era, entonces dejarías de estar porque cesaría la vida.
La muerte no nos preocupa tanto si estamos inmersos en el ajetreo del hacer cotidiano y no nos detenemos a pensar en lo que ha de venir más tarde o más temprano. La propia, claro. Lo malo es estar presente en la muerte del otro, cuanto más cercano más real.
Todo el sistema religioso descansa sobre ese hecho y la constatación de que si le ocurre a mi vecino, a mí también me ocurrirá. Desde el magnate que habita otro planeta porque tiene un cohete con el que ha huido de la tierra esquilmada y masacrada, hasta el más humilde pecador de la pradera, nadie puede escapar de ella cuando llega el momento. La fe mueve montañas, dicen, pero la montaña de la longevidad más allá de los 100 años, salvo excepciones, no la mueve ni dios, con perdón.
Hablar de la muerte nos da yuyu. Envejecer nos aterra porque es el peaje que debemos pagar por vivir. Tocamos madera para alejar de nosotros el mal fario. Pero está ahí, agazapada, esperando. Mientras tanto, vivimos y nos mantenemos lo más lejos posible de lo que nos la recuerda constantemente: la vejez.
Envejecer con naturalidad no está bien visto. Toda la industria de la cosmética, pasando por la estética y la cirugía se basa en un ideal de belleza y juventud que promete acabar con los estragos que el paso del tiempo deja en nuestro cuerpo. En nuestra piel.
Las Madonas, las Moore o las Fonda hollywoodienses son hoy los grandes paradigmas, modelos de quienes se pueden permitir mudar de piel como los lagartos y no morir en el intento. Detengamos el deterioro, la decadencia física, estiremos pellejos, inmovilicemos los músculos faciales, y así, de alguna manera, detenemos el tiempo y engañamos a la parca para que no venga a visitarnos jamás. Eso parecen decir sus esqueletos cuando pisan la alfombra roja. Solo hay que leer entre imágenes.
Expresiones como: “¡qué bien te conservas!”, “¡pareces más joven de lo que eres, aparentas diez años menos!”, esconden en el fondo un deje amargo. Si las profiere alguien que aún no ha cruzado el umbral de los cuarenta, suena a condescendencia, a “mira lo bien que está con lo vieja que es”. Si profundizas un poco, no es un halago. Es la constatación de lo que la gente piensa realmente de nosotros.
Las mujeres somos las que más sufrimos ese microedadismo que parece pulular por todas partes, pero los hombres tampoco se libran. A todos nos asusta descubrir una nueva arruga o perder tono muscular. Rechazamos la vejez y la disfrazamos de admiración. La arruga es bella, es la muestra de lo que has vivido, dicen personas que aún tienen la piel a prueba de manchas y patas de gallo.
Por eso, las mujeres no “confesamos” la edad que tenemos, para que no nos clasifiquen y por tanto, no nos toque bailar con “el más feo” o no nos sienten en mesas a todas las mayores juntas como si fuéramos idénticas.
En potencia, todos estamos finiquitados y por eso pagamos a plazos la caja de pino con la que viajaremos al más allá… Actualizamos lo que somos constantemente en nuestro devenir, en nuestro llegar a ser. Y sinceramente, todo el mundo quiere llegar a ser muy viejo antes de emprender la marcha a quién sabe dónde. Menos los muy jóvenes. Una vez pregunté a mis alumnos de 2º de bachillerato si se habían imaginado de viejos. Casi todos me respondieron que no querían llegar a ser viejos. Me acordé de James Dean y su bonito cadáver y pensé en cómo la juventud afronta la ancianidad con lo lejos que les queda. No la afrontan porque no la piensan. Por tanto, para ellos, no existe. Aún.
Ahora que ya he vivido mucho más de lo que me queda por vivir y experimento despacio, pero en línea recta (descendente o ascendente a ratos) el significado de hacerse “mayor”, me acuerdo mucho de mi abuela. No le gustaba la ropa que le compraba mi tía porque a su juicio, eran ropas de vieja. Tal cual se lo decía a mi madre. Los colores oscuros, grises, marrones, burdeos, la horrorizaban. Con ochenta años, tardaba mucho rato en arreglarse para salir a la calle. Yo creo que no salía casi nunca porque no le gustaba ni su ropa ni su vida.
Nunca profundicé en los sentimientos de mi abuela. Las mujeres a cierta edad parece que no existen…. Ahora la comprendo. Comprendo su rechazo a la oscuridad, a la senectud, al silencio como la antesala del gran misterio. Y su autoencierro.
La vejez es un estado vital que conduce inexorablemente al fin. Vivimos en una gran mentira que pasa por verdad casi todo el tiempo. Las lindes entre lo que es cierto y lo que no lo es, las oculta un gran velo espeso de ignorancia y prejuicios que opaca la luz y no nos deja ver con los ojos de la inteligencia. Debemos aprender a morir y a convivir con la muerte. Envejecer es lo que nos toca si no nos vamos antes: por un meteorito que se estrelle contra la superficie de la tierra, por tsunamis encadenados uno detrás de otro, por accidentes, asesinatos, enfermedades y guerras.
Pero que no cunda el pánico. Lo que no depende de nosotros no nos debe perturbar. Aceptar lo que hay. Y lo que hay es una sociedad cada vez más desigualitaria, muerta de miedo. La pregunta que me hago es cómo sobrellevar la vejez en un mundo donde el mayor ideal es la juventud eterna y la negación del cambio, a pesar del sufrimiento, del deterioro del medio ambiente, de las guerras, del egoísmo y la maldad inherente a los seres que pueblan este hermoso y enfermo planeta.
La muerte puede ser un fin o un principio. Depende de las creencias de cada cual. Mientras tanto, “a cabalgar” como diría aquel, y bailar con quien te apetezca. No es otra cosa la vida.