Hay encuestas que reflejan las aguas agitadas y encuestas concebidas para agitar las aguas. En estos días anda sobrevolando una de esas en la que se sugiere que aumenta la percepción de que las feministas nos estamos pasando de la raya.
No es que confíe demasiado en las encuestas, por lo que tienen de reconducción de las respuestas según el sesgo de las preguntas. De todas formas, tanto si revelan la voluntad de las personas encuestadas o a la intención del ingeniero social que las cocina, sabemos que ejercen un efecto publicitario sobre la extensión de las conductas sociales.
No es novedad, por más que busquemos en la memoria, no encontraremos ni un solo día en el que alguien no dijera que las feministas nos pasamos de la raya. Por el contrario, cualquier propuesta de avance colectivo para las mujeres, aunque no tuviera un carácter explícitamente feminista, ha implicado soportar a los eternos corifeos apuntando con el dedo la raya prohibida y recitando a voz en grito que eso era pasarse de la raya.
De manera trágica, y en la peor acepción de lo doméstico, esta expresión “te estás pasando de la raya” suele servir de justificación, argumento y anticipo a la bofetada para ponernos en lo que los miserables consideran que es nuestro lugar.
Ya nos gustaría estar hablando del pasado, pero resulta sorprendente la capacidad de los fantasmas para atravesar los tiempos, retomar cuerpo social y resucitar esta épica de la cobardía milenaria que consiste en culpar a las mujeres de la pérdida de los paraísos imaginarios.
De los autores de tú te lo has buscado y la maté porque era mía, vuelve a las pantallas, a las tertulias y próximamente en los programas electorales la enésima edición de “Las mujeres se están pasando de la raya”. Mucho me temo que esta sentencia de nuevo venga a ser la justificación que antecede a una bofetada social para reducirnos y ponernos en quién sabe qué sitio.
Ignoramos lo que significa pasarse de la raya. Ignoramos, sobre todo, a quien se le otorgó el poder de disponer la raya por la que no podemos pasar.
En cualquier caso, debe tratarse de una raya muy inquieta porque a lo largo de la historia ha ido cambiando de sitio, de límites, de obligaciones, de mandatos y prohibiciones, según le conviniera al poder, a la clase y al sistema dominante, históricamente patriarcal, histéricamente machista.
El divorcio, la autogestión de nuestra capacidad reproductiva, ser dueñas de nuestro propio cuerpo, de nuestro placer, de nuestras vidas y nuestros tiempos, todo esto es pasarnos de la raya.
Pues bien, de todas esas veces en las que nos hemos pasado de la raya, nadie ha sufrido. La lucha feminista viene siendo la única revolución del mundo que se ha producido sin causar daño en la persona, los bienes y los derechos de nadie. Otra cosa es que alguien no sepa o no quiera distinguir entre privilegios y derechos o que consideren que los privilegios patriarcales están escritos en piedra, mientras que los derechos son papel mojado, palabras que se lleva el viento.
La vida nos reclama que sigamos pasándonos de la raya, olímpicamente juntas, para llegar más alto, más lejos, más fuertes y, no se lo pierdan, mejorando la vida de todas y de todos.