No así el conservadurismo liberal, siempre en el abismo de abrazar las ideas neoliberales altamente destructivas. Caló, profundamente, en muchos segmentos de las poblaciones, el deseo de ser millonario, la opinión de que exista un presunto derecho a hacerse millonario y, para sostener todo esto, el desarrollo de un sentido común que solo es un sinsentido: el que no trabaja es porque no quiere y los migrantes vendrían a conquistarnos. Demasiado tiempo de ignorancia y repetición de unas tesis darwinianas que nada tienen que ver con la realidad: negar la cooperación consustancial en el ser humano, para la necesaria supervivencia, es un elogio de la estupidez.
Supermanifestaciones en Belgrado, en Budapest, en Bucarest, en contra del autoritarismo, son muestras claras de que incluso los votantes de esos autoritarismos se van cayendo del guindo cuando experimentan en sus carnes que a quienes votaron los despojan sin escrúpulos y crueldad de todo, de absolutamente todo, porque así funciona la codicia: sin freno.
En Estados Unidos de América, Vance, vicepresidente de Trump, recibió un amplio y decidido abucheo cuando llegó a un concierto al Kennedy Center hace dos días. Las protestas contra Trump se extienden como una mancha de aceite e incluso unos manifestantes ocuparon su torre de Nueva York. A buenas horas, podría decirse: es más complicado. La victoria de Trump depende de muchas cosas, del sistema electoral, entre otras, y de unas habilidades cognitivas humanas en franca decadencia, también. Quizá esto último donde más se vea es en Argentina, donde por cierto tampoco ganó Milei por goleada, sino con una mayoría relativamente precaria. El 56% no lo fue de la población, sino de los que acudieron a votar.
En Argentina son cada vez más los arrepentidos de Milei, a medida que lo abstracto se va convirtiendo en concreto y muy concreto. Que una lechuga cueste alrededor de 8 dólares usa, por ejemplo. Que lejos de los disparates comunicativos del gobierno, que afirma que han sacado a diez millones de personas de la pobreza, cuando la realidad es justo la contraria. La última manifestación de los jubilados, el pasado miércoles, fue una renovada batalla campal organizada por las fuerzas del orden público, incluido el hecho de que un policía disparó contra un fotoperiodista que lucha todavía por su vida: Pablo Grillo.
Los jubilados argentinos, y se dice que quizá seis de cada diez pudieron votar a Milei, se fueron cayendo del guindo a medida que fue aumentando la pobreza hasta la indigencia y no les llega su pensión para las medicinas necesarias para su salud. La contestación aumenta de día en día y el juego de la disminución de la inflación cada vez es más visible: la carne, con sus precios por las nubes, salió del índice de precios al consumo, siendo que la carne sigue siendo en Argentina un bien de consumo primordial.
Las derechas, todas, mucho más las extremadas, encontraron su filón de oro en el cultivo del odio al oponente político y muchos sectores de las poblaciones lo tomaron como propio. Convirtieron al oponente en enemigo, en una laberíntica estratégica de la comunicación. El neoliberalismo promovía el austericidio y las consecuencias negativas, no existen otras, de ese austericido les fueron atribuidas a los migrantes, a los desempleados, a los que no quieren ser millonarios, ni emprendedores ni otras baratijas.
El problema es que, por ejemplo, las políticas de aranceles de Trump contra Canadá rearman el nacionalismo canadiense, que podría terminar teniendo un gobierno con actitudes muy semejantes a las de Trump: la pescadilla que se muerde la cola. Una forma de pensamiento demasiado simple, esa de protegerse del otro cerrando el propio país contra el otro, aunque sean otros distintos: al final son simplemente los otros.
A Andalucía también le alcanza toda esa evolución, a medida que la población que revalidó el triunfo electoral del PP le va viendo los palos al sombrajo: en educación, en sanidad pública, etc. Lo mismo con Valencia y la DANA. Tanto de lo mismo con Ayuso y su Madrid. Y el problema es comparativamente mayor y menos comprensible porque un PSOE, siempre maestro de ceremonias del neoliberalismo, termina abriendo la puerta a, digamos, un austericido controlado, sobre el que luego se pierde el control, claro.
El eje derecha-izquierda cambió, hace tiempo. El PSOE es, en muchos casos, el partido conservador liberal de España, aunque adentro haya tantos colores. Si acepta determinadas políticas sociales y de izquierdas es solo porque gobierna gracias a que las izquierdas lo presionan. Ahora mismo, la CDU/CSU alemana, la misma que coqueteó con la ultraderecha escandalosamente, gobernará gracias a la socialdemocracia y el austericidio será menor. Hasta el otro día que gobernaba la misma socialdemocracia el austericido made-in-Merkel no se corrigió excesivamente.