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El quiosquero de Milán

Las palabras, las suyas, irían a caer entre las hojas de sus revistas, en algún artículo sobre la vida de Los Medicis o del genial Da Vinci

28 de marzo de 2025 a las 11:15h
Ilustración para el artículo de Santiago Moreno.
Ilustración para el artículo de Santiago Moreno.

Llevo veinte años yendo a Milán y podría decir -sin miedo a equivocarme que el hombre, cuya historia ahora alumbraré, ya estaría trabajando bajo el alquitrán de la vía Papiniano, a diez metros bajo tierra, medio olvidado por el paso del tiempo y por los suyos. Podría reconfortarle conocer que nosotros, a través de este escrito, jamás lo olvidaremos pero sé que no le importa un cazzo. Non me en frega niente diría en su gravedad vacía.

Él -y siempre hablaré como si yo fuera Dios- heredó el puesto de trabajo de su padre de la misma forma que había recibido en la pila del bautismo el nombre de su progenitor. En cambio, sus ojos agotados dispuestos a la avispa, eran de fabricación propia aunque forjados, en contra de su voluntad, por el peso de la capital y su propia resignación. El quiosco subterráneo no podía tener más de diez metros cuadrados; diez metros atestados de revistas de viajes y de historias, de coches de lujos y de recortables. Deciros que en el corazón de aquel collage lo he visto envejecer.

Todo lo contrario le sucede a La Gioconda, insultantemente más joven cada día. La primera vez que me percate de su existencia no lo recuerdo. La verdad es que no. Seguramente me acerqué a su quiosco, a su vida, por mi inercia natural de alejarme de las máquinas. Ticket metro le diría en un italiano que no tendría nada de italiano y él me entregó el billete -eso sí tengo la certeza aunque tampoco lo recuerdo- con ese automatismo silencioso que tienen las máquinas. Las palabras, las suyas, irían a caer entre las hojas de sus revistas, en algún artículo sobre la vida de Los Medicis o del genial Da Vinci.

Lo cierto es que nunca tuve una palabra suya hasta el día que ahora os narraré. Hace un mes, con su pelo y su piel vistiendo los tonos gastados de las laderas del Etna, me dirigí a su lugar en el mundo como hago cada vez que regreso a la ciudad de los sueños, de los olores eternos y de las gastadas melodías. Buongiorno, un biglietto. Grazie. Sus ojos de avispa, cansados, se clavaron en los míos, reconociendo mi existencia por primera vez, después de tantos años. Asombrado me lancé a por la gramática que escondían. Sta piovendo dije. Está lloviendo. Pero no me habló. Mi piace la pioggia. Me gusta la lluvía intenté de nuevo. Ni caso. La avispa, como sucede en invierno, asusta por su presencia pero ni pica ni regala al cielo el zumbido que producen sus alas al volar.

Se limitó a coger mi dinero y dejarme, sobre su diminuto mostrador, el billete y un recibo ilógico e innecesario. Tomé el billete de metro y me despedí. No había pasado un segundo cuando echó sobre mí, sin avisar, sus primeros venenos. Ehh, prendi la ricevuta. Me exigió que cogiera el recibo sin decir antes mi nombre. Tenía que saberlo. Veinte años son demasiados. Yo desconocía el suyo, ciertamente, pero había visto pasar su vida por delante de mis ojos. Había sido un galán de diez de la noche hasta las doce de ese mismo día. El tiempo que se había concedido. Luego tuvo dos pequeñajos y una separación.

Demasiadas horas bajo tierra le impedían saber qué estaba sucediendo arriba, sobre su cabeza. Nadie le echó la culpa, ni su mujer ni sus hijos, pero él no paraba de culpar al mundo y a sus dirigentes mundiales. Los tenía muy vistos en sus portadas rosas. Qué bien vivían los cabrones a su costa. La ricevuta me grito desde el interior de su celda de papel.  Non. No bisogno. Mi italiano, concebido para el encuentro, empezaba a desmoronarse.

No necesito el recibo. Pero él, lleno de cólera, me obligaba a tomarlo. Lo hizo valiéndose de gestos y de palabras retorcidas. Para escapar de aquel desastre lo cogí y al cogerlo le regalé, en español, las últimas frases que oirá de mí. Lo siento. ¿Estás bien? Su boca, diluida por el tabaco, me respondió burlonamente que sí. Sus ojos, en cambio, no sabian mentirme. Aquel pobre hombre, en aquel justo momento, estaba dando sus últimas bocanadas como ser humano. A día de hoy, como toda engrasada maquina, se limita a entregarme un billete de metro que me da la posibilidad de trasladarme al otro lado de la ciudad, siempre no muy lejos de su agujero en la tierra.