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Prat de la Riba y los palestinos

Si damos crédito a Prat de la Riba, la autodeterminación es cosa que solo merecen los pueblos civilizados o en camino de alcanzar, por su propio esfuerzo, la plenitud de la civilización

16 de febrero de 2025 a las 08:53h
Manifestación por Palestina.
Manifestación por Palestina. MAURI BUHIGAS

Si estás a favor del derecho a la autodeterminación, lo coherente es que lo quieras también para los demás. Sin embargo, todos los días vemos a partidarios del independentismo catalán que defienden a capa y espada a Israel. No a los palestinos, como harían si tuvieran un mínimo de lógica. Pilar Rahola es, seguramente, el caso más destacado. Después está Ramón Cotarelo, un personaje digno de estudio que ha pasado de autodefinirse como “nacionalista español” a lanzarse a una cruzada para demostrar que España es el mal. El suyo es un sionismo recalcitrante unido a una islamofobia realmente patológica, un odio a lo musulmán que enlaza claramente con la extrema derecha. En un artículo publicado en El Món, este politólogo, que un día estuvo próximo al mismo PSOE que hoy denuesta, pretende convencernos de que el Islam está invadiendo Europa. Si Israel cae, nosotros seremos los siguiente.

¿Cómo es posible que la misma autodeterminación que se exige para Cataluña no se reclame para el pueblo palestino? Confieso que esta contradicción me resultaba muy difícil de entender. Hasta que leí a Enric Prat de la Riba (1870-1917), uno de los prohombres del catalanismo. Resulta que en La nacionalitat catalana (Base, 2024), el mismo libro en el que defiende la personalidad propia de Cataluña, este padre de la patria propugnaba una teoría muy loca sobre el imperialismo, algo que para él solo es malo dependiendo de quien lo practique. El de los orientales constituye una expresión de brutalidad. No así el de los ingleses, con el que se deshace en elogios y deja de pensar eso que antes veía tan claro: que cada nacionalidad debe tener su Estado.

El imperialismo sería el periodo triunfal del nacionalismo. Si damos crédito a Prat de la Riba, la autodeterminación es cosa que solo merecen los pueblos civilizados o en camino de alcanzar, por su propio esfuerzo, la plenitud de la civilización. Después están los pueblos bárbaros. A estos si se les puede someter sin escrúpulos de conciencia. A nuestro autor no le tiembla el pueblo cuando escribe que las “potencias cultas” están en su derecho cuando se expansionan a costa de colectividades atrasadas. Francia, desde esta óptica, no haría nada malo en Argelia, Ni Inglaterra en Egipto. De hecho, los habitantes de estas “tierras desgraciadas” habrían salido ganando gracias a la intervención occidental. Los estados imperialistas, por tanto, no harían más que desarrollar una misión educadora. Oponerse a la misma sería un signo de “pobreza de espíritu”. Si Estados Unidos ocupaba Filipinas tras la guerra de 1898, ¿quién era nadie para manifestar su contrariedad?

Prat de la Riba creía, en la línea de lo que se estilaba en su época, que las naciones se dividían en vivas y muertas. Los pueblos en auge tenían que prevalecer sobre los que se hallaban sumidos en la decadencia, aunque tuvieran, para ello, que recurrir a la fuerza. La guerra de los civilizados contra los bárbaros no sería injusta sino todo lo contrario: “una obra de paz y civilización”. De esta manera, las “razas fuertes” no harían más que establecer un dominio que sería perfectamente legítimo.

El tiempo ha transcurrido desde entonces. La lógica, en cambio, sigue siendo la misma. Para los catalanistas que defienden el sionismo, los palestinos son los nuevos bárbaros. Profesan una religión, el Islam, que vendría ser compendio de todos los males, supuestamente inconciliable con los valores de la democracia occidental. No merecen, por tanto, ejercer la autodeterminación. Porque se trata justamente de eso. De acreditar que uno tiene derecho a lo que tiene derecho. En realidad, como es obvio, resulta irrelevante si los palestinos son progresistas o reaccionarios, simpáticos o desagradables. Palestina es su tierra y eso es todo. El propio Prat reconocía, para el caso catalán, que la cuestión era la Patria y no el mal o el buen gobierno, el progreso o la tradición. En eso estaba en lo cierto. Se equivocaba al no aplicar este mismo principio a los pueblos asiáticos o africanos.

Lo que sucede es que Ramón Cotarelo se solidariza con los israelitas porque son de los nuestros. Los otros simplemente no le importan. De ahí que no dude en mentir groseramente para predicar su discurso de odio. Afirma, por ejemplo, que los musulmanes siempre han pretendido dominar Europa e imponerle su ley. ¿Acaso los protagonistas de las cruzadas no eran franceses, ingleses y de otros países de nuestro continente? Ahora que tanto se habla de memoria no está de más tener en cuenta que no podemos recordar sólo lo que nos conviene. Tampoco podamos convalidar como buena historia la pretensión de que los judíos se hallaban en Palestina antes que los musulmanes. En el siglo XIX, como sabe cualquiera con unos mínimos conocimientos, solo constituían un grupo minoritario.    

Cotarelo, en 2011, arremetía contra el líder ultra Josep Anglada por llamar a la resistencia contra la “invasión musulmana”. Eso, entonces, le parecía, con toda razón, un discurso incendiario que utilizaba “un lenguaje típicamente populista con dejes de fascismo que trata de dinamitar la convivencia entre comunidades”. ¿Qué ha sucedido para que, en la actualidad, el antiguo progresista se halla convertido en un hooligan de la teoría de Huntington sobre el choque de civilizaciones y de la razón a Aliança Catalana, una formación típicamente ultra? Me permito avanzar una hipótesis: Su odio a lo musulmán se derivaría de su odio a lo español. Cotarelo se situaría en una vieja tradición de pensamiento que equipara a España con lo árabe mientras concibe Cataluña como típicamente europea. Obviamente, si hubiera leído más, sabría que el Islam no es precisamente ajeno a nuestra historia y a nuestra cultura, tal como demostró John Tolan en Mahoma el Europeo (Universidad de Extremadura, 2021).

Los intelectuales deben estar para promover la convivencia, no el antagonismo a partir de una división de la sociedad en buenos y malos, autóctonos y foráneos. La política de la identidad nos conduce, tarde o temprano, a un callejón sin salida.

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