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Todo esto era campo

Otra cuestión de base que nos atañe como individuos funcionales es la reflexión en clave pretérita sobre la importancia o el valor de la palabra

31 de marzo de 2025 a las 10:12h
Un paisaje urbano.
Un paisaje urbano.

¿Le gustan los retos? Dígame qué frase, expresión o chascarrillo suelen emplear los abuelos con mayor asiduidad y firmeza que aquella que enmarca el título de esta humilde columna de opinión. Difícil, ¿a que sí? A pesar de la singularidad de la misma, encierra todo un mensaje encriptado. Y es que, si analizamos la cara B, en aquello que muchos llaman “la noche de los tiempos”, todo tuvo un origen. Si no, explíqueme cómo logramos pasar del famoso Big Bang al verdor de los bosques, cerros o montañas. Esa misma teoría es la que permite a nuestros yayos adoptar una visión primigenia del paisaje urbano; arrojando la siguiente regla de tres: donde la morfología de hierros y cemento de tu skyline recuenta edificios, torres miradores y locales comerciales, ellos perciben el vasto erial que dio origen al todo.

Nuestros mayores, que nos llevan la delantera en calendario vital y en cantidades ingentes de experiencia, son el memorial de una eterna juventud, porque esa juventud, que es divino tesoro, no sería lo mismo si a posteriori no fuésemos alumbrados con el poso y la sabiduría que dan los años.

Ante la disyuntiva de si cualquier tiempo pasado fue mejor, muchos tienen claro que entrar en comparaciones es otorgarle un enfoque erróneo a una duda que va más allá de lo existencial, ya que, lo que somos hoy en día ―con nuestras virtudes y nuestra colección de defectos― , es el producto de lo alcanzado en buena lid a través de la incidencia del pasado. Y ese pasado que se conjuga como tiempo cuasi imperfecto, es el que, de alguna manera traza las líneas maestras de lo que acontece en el presente y de lo que está por acontecer en el futuro.

Asumir y comprender que el tiempo alcanza a todo y a todos, es la parte más esencial de las reglas del juego. Tranquilidad… respire hondo. La parte positiva del asunto es que somos emociones, y como tal, son el motor de nuestras acciones. Ergo, que no haya emociones y verdad en lo que hagamos, verifica la existencia de un divorcio entre nuestra cabeza y nuestra esencia más corpórea (corazón).

Otra cuestión de base que nos atañe como individuos funcionales es la reflexión en clave pretérita sobre la importancia o el valor de la palabra. ¿Hemos avanzado o hemos retrocedido? Yo, puestos a llevar la contraria, diría que lo segundo. A ver si soy capaz de convencerle en un arranque de frivolidad. Antes, el poder de la palabra era un bastión inexpugnable. Cualquier acuerdo se cerraba con un simple apretón de manos, y sobre eso, no había nada que objetar.

Hoy perdemos la batalla mucho antes de empezar la contienda. Hemos impostado una serie de mecanismos que nos otorgan cierto aire de sofisticación que, por momentos, tiene la misma consistencia que una sombrillita de papel ante la borrasca Konrad. La tendencia a los trámites burocráticos y al papeleo estéril sirve únicamente para darle una pátina perecedera a las cosas. Probablemente, porque en el envés de la cuestión, prevalece más el afán recaudatorio y hacer perder el bien más preciado que tenemos ―el tiempo― , por encima de aquello que tratamos de validar.

Por eso y otras cuestiones, querido lector, si su rostro aún no está surcado de arrugas, haga cuentas de lo dicho y emule a nuestros mayores: disfrute del paisaje por árido que sea. Y si las arrugas ya llegaron para quedarse, no se apure… el ácido hialurónico hace milagros.

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