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Ucrania y la ruptura del Eje Atlántico

Putin está exultante y le funciona un carácter no dubitativo y congelado en la expresividad

24 de febrero de 2025 a las 09:29h
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski.
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski.

González Pons describió recientemente a Donald Trump como "ogro naranja" y “proclamado macho alfa de una manada de gorilas”. Con todos mis respetos a esos primates que sin duda superan en honestidad moral e inteligencia básica al presidente norteamericano, la inspirada afirmación recibió inmediatamente la “cancelación” de la directiva del PP, la calificación de Esperanza Aguirre como ultraizquierdista, o la petición de dimisión por seres tan moderados en su ideología como Hermann Tertsch.

Los de Feijóo hacen malabares para no quedar mal como lacayos trumpistas, pero es que a VOX (reunidos hace poco en su cumbre-aquelarre de Patriots for Europe, con grandes estrellas del firmamento como Le Pen, Salvini y Orbán), se les está haciendo bola justificar la guerra comercial y el desprecio al que nos somete Estados Unidos, muy especialmente ante el bochornoso “plan de paz” para la guerra en Ucrania. Santiago Abascal desbarra afirmando que no está a favor de que se envíen tropas españolas "a ningún sitio”, comulga con las tesis prorrusas que se supone criticaba y ya tiene su foto de invitado servil en la Casa Blanca para poner en la chimenea junto a las de Netanyahu, Meloni y Milei (el último dedicado ahora a la criptoestafa).

Todo recuerda mucho a aquella acomplejada actitud del “estamos trabajando en ello” del señor Aznar con acento cutre tejano, en los años en que se fumaba puros con los pies en la mesa junto a George W. Bush, se montaba un trío en las Azores y destinaba un par de millones de dólares del Ministerio de Asuntos Exteriores para que un lobby de abogados de Washington consiguiera firmantes y promoción para su Medalla de Oro del Congreso. La humildad es una virtud escasa, en general.

Cuando se cumplen tres largos años de la invasión de Ucrania resulta que un magnate golpista y un autócrata eslavo se ponen de acuerdo respecto a sus respectivos imperios y al método para imponer las reglas de un monopoly mundial. El ideario común de estos dirigentes hay que buscarlo en un proceso histórico que damos por sentado pero que se suele olvidar: en los años 70 y 80 se pone en valor la doctrina de la Escuela de Chicago de Milton Friedman (que a su vez remite a la Escuela de Friburgo-Hayek), en lo que constituyó la hegemonía de la absoluta libertad de mercado y el rechazo al paradigma keynesiano y el intervencionismo público.

Ocurrió en ambas orillas atlánticas destacando como protagonistas a Margaret Thatcher y Ronald Reagan, con un seguidismo en el Chile de Pinochet, el PRI mexicano, el peronismo argentino o la Alemania de Helmut Kohl, pero más sorprendentemente en una izquierda bipolar que como François Mitterrand o Felipe González (Cf. Miguel Boyer o Carlos Solchaga como ministros fieles a estas doctrinas) abrazaron ese neoliberalismo actual sin pudor alguno. Se recordará también que la URSS sucumbió finalmente en 1991 a partir de la perestroika-glásnost de Mijaíl Gorbachov, seguido de un limbo caótico hasta 1999 con Boris Yeltsin (más que aficionado al vodka), para encontrarnos la figura expectante de un agente de la KGB que de una contenida carrera política en San Petersburgo pasó al control absoluto de la Federación Rusa hasta nuestros días (con un pequeño periodo de sustitución con Dmitri Medvédev por aquello de guardar las formas).

Vladímir Vladímirovich Putin incorporó la burocracia y brutalidad totalitarista de su trabajo en la agencia estatal de inteligencia, mientras que en la ciudad portuaria con salida al Golfo de Finlandia se familiarizó con la audacia y osadía de las mafias criminales. Ese doble máster y una propicia coyuntura global que eliminaba de un plumazo el llamado segundo mundo o economía socialista, permitió una sólida unión con una incipiente oligarquía rusa que ante un escenario de privatización generalizada del estado, hizo germinar multimillonarios como los Abramóvich, Jodorkovski, Berezovski, Potanin, Deripaska, Prójorov, Usmánov, Gusinski, Vekselberg, Míjelson, Alekpérov, Rybolóvlev…equivalente a una trama de camorra napolitana que permitía el tránsito a una economía con el control de y para unos pocos privilegiados (nada nuevo bajo el sol).

Es poco complejo asimilar que, si la desaparición del concepto de bienestar social público está avanzando en sociedades democráticas en las que todavía se defiende a duras penas como valor estructural, entre los grandes propietarios de los neoimperios como Rusia y EEUU -habría que añadir China en el mismo rango al margen de otros focos y potencias medias- es simplemente agua pasada frente al lema y objetivo principal: riqueza y poder para una casta que domina por extensión los designios de todos los mortales. Caretas fuera y rodillo a todo lo que se oponga a sus designios con un barniz más o menos opaco en función del grado de cinismo: mientras en Washington hay que enmascarar toda acción con la palabra “libertad” (no es casualidad la coincidencia con lemas de Ayuso-Abascal), para aplicar acción directa en aranceles, fronteras y deportados (siendo sus cadenas “sonidos” ASMR), despidos o cierre de organismos públicos, ostracismo, negacionismo, y mucha chulería ante la mínima disidencia o crítica…en Moscú, digamos que hay cierta propensión a caer accidentalmente de una ventana o mudarte voluntariamente a una prisión ártica por tiempo indefinido. 

Putin está exultante y le funciona un carácter no dubitativo y congelado en la expresividad. La “operación militar especial” de 2022 (previa acumulación de tropas y mintiendo reiteradas veces sobre la “histeria” de occidente), fracasó en su objetivo inicial que no era sino la toma del país a sangre y fuego y la sustitución del gobierno y todas sus estructuras por otro títere al estilo Viktor Yanukóvich. La resistencia y determinación ucraniana junto a la ayuda militar occidental cambió la perspectiva rusa hacia algo más operativo y realista como ha sido conquistar un 20% del territorio y dominar un corredor perfecto desde sus fronteras hasta la anexionada Crimea, conectando Donetsk y Lugansk (Dombás) con partes esenciales de Jersón y Zaporiyia, garantizando salidas interconectadas entre los mares Azov-Negro-Mediterráneo, y todo ello manteniendo un buen arco de tiro para hostigar cualquier país cercano OTAN, UE o ex repúblicas soviéticas, incluyendo lo que pudieran ser intentonas futuras con Moldavia, Georgia, Polonia, Países Bálticos o Finlandia. 

Rusia puede aguantar la sangría de tropa incluyendo carne de cañón norcoreana, pero su posibilidad productiva, población, recursos y por supuesto capacidad nuclear, no tienen parangón con las de Ucrania, pudiendo recuperarse en un plazo relativamente corto de años para cualquier nueva operación especial que se les antoje. El balance de cifras de la guerra no es claro por ambas partes, pero podría estimarse en al menos unos 150.000 combatientes rusos muertos y unos 450.000-600.000 heridos frente a unos 46.000 soldados fallecidos y 380.000 heridos (reconocidos oficialmente por Kiev…seguramente más), 12.000 civiles muertos y 30.000 heridos, además de millones de desplazados-huidos y miles de desaparecidos en combate o prisioneros.

Ucrania ha movilizado al frente población solo por encima de los 25-27 años, en una dramática intención por preservar las generaciones más jóvenes para un próximo futuro que se supondría pacífico, lo que ha implicado que la media de su tropa sea de unos 43 años, una población veterana que antes de la guerra eran panaderos, electricistas o profesores (además de los militares profesionales), y que tras una lucha heroica es lógico imaginar el terrible desgaste físico y mental que existe como conciencia de nación. Por mucho material y entrenamiento que demos desde Europa (se supone que se cortará el grifo de la ayuda militar norteamericana), la única esperanza para Ucrania es integrarse en una entidad superior que la pueda proteger. La 61ª Conferencia de Seguridad de Múnich ha recordado demasiado a los acuerdos de 1938 (más bien parece el pacto Ribbentrop-Molotov de 1939…quizás sería bueno cambiar de ciudad para la próxima), con un vicepresidente James David Vance pontificando en “valores” y formando dueto con Medvédev que literalmente nos califica a los europeos como "una solterona frígida" que "está loca de celos y rabia".

Trump por su parte ve todo desde sus intereses políticos como un negocio potencial con “elementos” que le sobran o entorpecen, ya sean 2 millones de palestinos a expulsar en Gaza o el propio Zelenski, al que ha llamado dictador, iniciador y alargador de la guerra, y le deja claro que no pinta nada en las negociaciones, sugiriendo un inmediato exilio a Francia o similar. Al órdago, el presidente ucraniano acaba de expresar su disposición al abandono del cargo si su país entrase en la Alianza Atlántica o tuviera unas hipotéticas garantías de paz, lo que denota una ingenuidad y excesivo respeto por un matón que lo está acosando por todas las vías posibles (no le perdona que no investigara los negocios de Biden en Ucrania…que los tuvo), y que le arroja cifras sobre lo aportado que no se sostienen en datos reales, pretendiendo recuperar la “inversión” realizada y exigiendo 500.000 millones de dólares en vitales tierras raras y minerales, con el control de las explotaciones y ventas a terceros.

Mientras las opciones para la seguridad y la soberanía del pueblo ucraniano se reducen, Putin sigue avanzando en el acceso al botín para un eventual alto el fuego que “termine” con recursos en propiedad como la central nuclear de Zaporiyia, los yacimientos de litio de Shevchenko e incluso recupere la parte que perdió en Kursk (de vivo recuerdo en el segundo conflicto mundial). El mimetismo de la administración Trump es tan potente que se opone a la frase "agresión rusa" y no recuerda que era uno de los garantes de seguridad para Ucrania cuando en su momento renunció a las armas nucleares (Memorándum de Budapest, 1994). En una orgía de impunidad y caciquismo mundial, el tono yanqui es cada vez más agresor y despreciativo: al margen de cumbres europeas en París, Marco Rubio y Serguei Lavrov ejecutan su repartición en Riad (Arabia Saudita además de dictadura no es miembro de la Corte Penal Internacional), mientras un renacido y perverso ideólogo como Steve Bannon vuelve a hacer la gracia de emular a Musk con el saludo nazi en la Conferencia Política de Acción Conservadora.

Europa necesita un eje vertebrador unitario que todavía no tiene consolidado, pero sería la alternativa necesaria al mundo del ultraliberalismo y la plutocracia (seguimos por mal camino con los resultados de las elecciones alemanas). Debemos ser conscientes que cualquier alternativa individual va a ser aislada o destruida por las grandes potencias…lo que equivale a una declaración de sus mandatarios al estilo de Totaler Krieg o guerra total (Joseph Goebbels en el Sportpalast de Berlín, 18 febrero 1943). Es hora de plantearnos una autosuficiencia completa en todos los terrenos y una concepción de entidad política y defensiva que constituyan unos verdaderos “Estados Unidos Europeos”.

Busquemos en Iberoamérica, África, nuestras antípodas o Canadá, territorios que puedan ser liberados de influencias imperialistas, para así poder cercenar cotos de caza a tiranos que no disimulan sus pretensiones. Encajamos lo que finalmente quede de territorio ucraniano como si fuera la Bretaña francesa o el land de Brandeburgo, fabriquemos por y para nosotros mismos -especialmente en defensa- y revisemos los acuerdos respecto a bases e instalaciones estratégicas con los EE.UU. Aportemos tropas y protección sobre el terreno en el escenario posterior a la guerra sin dejar más fisuras futuras, consiguiendo así un desarrollo hegemónico por derecho propio y acción directa. Fracturar nuestra unidad llevaría a la repetición de nuevos ejemplos de invasión consolidada (Taiwán, Groenlandia, Panamá, Ceuta y Melilla, etc.). No podemos permitir que los propios promotores y ejecutores de casus belli se otorguen el poder y título de peticionarios y guardianes de la “paz”. El momento de cinismo histórico mundial en el que nos encontramos debe ser respondido con firmeza, claridad y justicia. 

 

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