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Macron, en un acto reciente.
Macron, en un acto reciente.

El kit de supervivencia ya llegó a todos los escaparates. Las grandes colas y los tironeos llegarán cuando la UE empiece a repartir esas mochilas que se ven en el spot, al que le han puesto los subtítulos en español encima de los que estaban en inglés, aunque hablan en inglés. ¿Así vamos a ir a la guerra?, hubiera replicado Gila. La von der Leyen le hubiera acentuado: y para sobrevivir a catástrofes naturales. Es cuando Gila les hubiera dicho: Pues una cápsula de salvamento marítimo, pensando en la dana, o un cohete a la luna, los que lleguen a la base espacial. Y luego se hubiera corregido: pues entre Mazón y Musk…, mejor al Orinoco. Así que nadie se olvide del pasaporte, el documento que no se menciona.

Agua para tres días. Las latas de lentejas. Una linterna, no vale con la del celular. Una navaja, ¿con punta o sin punta? La pastilla de la tensión. Aunque vaya a haber fuego por todas partes: un hornillo, por favor. Como lectura preventiva, hasta que llegue el manual de guerras y catástrofes, yo aconsejaría el Mecanoscrito del segundo origen, de Manuel de Pedrolo.

Si caen las bombas nos vamos a ir todos al carajo, es lo que hubiera cantado el Carnaval de Cadi, que yo creo que no sacaron antes lo del kit para no dar temas de inspiración. Juan Carlos Acosta, de Canal Extremadura radio, sacó su kit oficioso: una maleta de emigrante llena de jamón, chorizos, tortilla de papas y torta del Casar.

Ahora, deprisa y corriendo, nos tenemos que caer del guindo de que podríamos entrar en guerra total allá por el 2030 y que hay que empezar a prepararse: pero no para la paz sino para la guerra. A nadie, de todas esas antiguallas que nos gobiernan, incluido el aviejado jovencísimo de Macron, que nada menos se postula como comandante en jefe del continente, se le ocurre algo distinto a lo de siempre. Lo mismo que necesitamos a la policía, aunque no esta policía, necesitamos poder defendernos, pero no de esta forma. Impera una ideología de la violencia, una autoridad basada en la violencia y en la posición, y es mayoritaria la ilusión de que al otro calificado de malo se lo destruye: algo que podemos agradecer definitivamente al cristianismo, también constructor de Europa. Miren todas las estatuas de san Jorge de todas las iglesias del continente, por si no tienen claro de lo que estoy hablando. Todo esto, unido al capitalismo imprescindiblemente expansivo, da como único resultado la guerra.

Se dirá que no vamos a cambiar esto en los cinco años que nos quedan hasta que se pudieran alcanzar las previsiones de que Rusia pudiera atacar al resto del continente. No lo sé, y los que lo niegan tampoco lo saben. Lo que sí sé es que lo del kit, más allá de cualquier consideración, es parte de una estrategia comunicativa que prepare moralmente a las sociedades europeas para el rearme y la guerra. Podría hacerse lo contrario desde la Europa del Humanismo. Podríamos romper con dinámicas cuya única dirección lleva a la guerra, en lugar de a la solución de los conflictos y a la convivencia. Está cincelada la idea de vencer y no la de convivir con tranquilidad. Con este capitalismo no parece haber otra salida.

El supremacismo de las religiones, nos impide pensar que se puede convivir: vivir y dejar vivir. No, hay que corregir al otro, dominar al otro porque sus pecados nos ofenderían a todos. ¿Qué pecados ni pecados? Y claro, el pecado mortal, la aniquilación del mal. Siendo que el mal es nuestra percepción del mal, y que muchos que hablan de exterminar el mal exterminaron a millones de personas o banalizan ese exterminio.

Si queremos armarnos, armarnos hasta los dientes, tenemos que volver a la conversación, en todos los niveles de la sociedad, en todos los programas de la radio y de la televisión. La conversación, privada y pública, es la única capaz de armarnos y evitar la guerra.

Necesitamos un kit de lecturas, de burlas, de respetos, de libertades públicas defendidas por todos. Necesitamos un kit de humor y un espejo que nos muestre desnudos. Llamativo que el kit europeo renuncie a un espejito, excepto para cultivar el narcisismo.

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