Mi bloque está en un callejón lleno de pintadas. No son grandes grafitis, ni firmas así sin ton ni son. Son frases. Una tras otra, apuntadas con rotulador, en la que los chavales escriben lo que se les pasa por la cabeza. La larga pared ocre tiene como moscas de tinta a lo lejos que, si te acercas, van dialogando entre ellas. Letras de canciones, exabruptos lanzados al aire, reproches, ligoteo epistolar callejero, algún lamento, pero, a excepción de humorísticas, etílicas y deshonrosas expresiones, todo girando siempre sobre el mismo tema: el dilema amoroso. El Ayuntamiento está empeñado en borrarlas y, cada cierto tiempo, pinta de nuevo con ese ocre rutilante la pared.
El empeño, en todo caso, de los jóvenes amantes por dejar su huella no tiene fin y, por suerte, el muro renueva sus mensajes cada poco tiempo y se refunda, casi sin querer, como bastión del amor escrito. Cuando salgo a la calle a sacar al perro me fijo por si han puesto algunas nuevas al tiempo que mi chucho, que por suerte o por desgracia no tiene pasión ninguna por las letras, les mea encima. Mi barrio es una arteria viva, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario y las palabras, ya sean de amor o desamor, inquietud, deseo o nihilismo, resisten, se rebelan. Por mucho que me fascine, me ría o no lo entienda (hay gente que tiene letra de médico hasta escribiendo en la pared) normalmente no me acuerdo ni de lo que ponen.
Más ahora con esta lucha entre este arte efímero y la institución pasada al microcosmos de mi callejón. Siempre he pensado, sin embargo, que refleja esa potencial necesidad que tenemos de describir siempre cómo amamos. En el fondo no importa tanto a quién. Lo importante, repito, es el cómo. Uno revela lo más esencial de uno mismo en cómo ama. Su encanto, sus miedos, sus inseguridades. Hay algo incontrolable, indescriptible. Hay una biografía entera en la forma en que uno acaricia. En cómo mira a unos ojos. Cómo acepta la ausencia, el rechazo o la reciprocidad. Creo que no me conocí más que cuando amé, sufrí por amor o, en fin, me sentí amado y quise responder. Le coloca a uno fuera de sí, tanto que, si se es buen observador, es capaz de mirarse por fin, como pocas veces, frágil en la distancia. Enamorarse es algo inenarrable, inabarcable, subversivo aún para la productividad o la monetización. Una de las pintadas pone “enamorarse es un peligro”.
Y no puedo estar más de acuerdo. En esa locura transitoria de hormonas, silencio íntimo o diálogo cursi empantanado de la imagen intrusiva de quien se ama en la cabeza, pienso, es normal buscar los medios para dejar constancia. El enamorado escribe intentando entender algo, dar una racionalidad al asunto. Sea en una libreta o en una pared. Porque sabe que el tiempo o el Ayuntamiento borrará esa sensación, esas palabras tan momentáneamente importantes y pesadas para uno, cuando menos te lo esperes. Escuché del filósofo Slavoj Žižek hace tiempo, no sé muy bien dónde, que en el momento en que sepas definir el amor, ya no sería amor. No hay forma, insistía el tipo, de responder a la pregunta “por qué me quieres”. Yo espero, al menos por echar el rato y que me salte la sonrisa chica cada vez que salgo de casa, que los grafiteros enamorados de mi barrio lo sigan intentando.