Bajo las luces frías y asépticas del Hospital Universitario de Puerto Real, donde la ciencia lucha por someter al azar y la muerte se oculta tras los pliegues de las sábanas blancas, hay un susurro mecánico que pocos han sabido interpretar. Es un lamento de metal, una tristeza encajada entre cables y poleas, un duelo silencioso que habita en las entrañas del edificio. Allí, en el sótano del hospital, donde los pasillos son un laberinto de sombras y tubos de ventilación, el ascensor de la planta baja se convierte en un espectador doliente de la tragedia humana.
No es un mero fallo técnico, ni una coincidencia fortuita: cuando un paciente recibe la sentencia de su final, cuando un médico susurra el irrevocable veredicto de la naturaleza, o cuando el pulso se extingue en el monitor sin remedio, el ascensor se detiene. Un artilugio de engranajes y circuitos, incapaz de entender la angustia, se congela en el tiempo con las puertas abiertas de par en par, como si exhalara un último suspiro junto al moribundo.
Quien haya trabajado en este hospital sabe que en horas diurnas, los ascensores son presas de una actividad febril: enfermeras apresuradas, camillas chirriantes, médicos de gesto adusto, pacientes envueltos en mantas que esperan resignados su traslado. Y, sin embargo, en el instante preciso en que la muerte entra sin invitación, el ascensor deja de obedecer las leyes del tráfico hospitalario. Se niega a moverse, a servir, a ser usado. Allí queda, detenido en su propio velorio mecánico, con las fauces abiertas en espera de un pasajero que jamás subirá.
Los celadores han aprendido a mirarlo de reojo, los residentes comentan el fenómeno entre murmullos en los pasillos, y hasta los médicos, hombres de ciencia y escepticismo, bajan la mirada cuando el ascensor se congela. ¿Es esto un error de programación? ¿Un fallo del sistema? ¿O acaso un acto de duelo de una entidad que no debería sentir?
Quienes han pasado demasiado tiempo en el hospital susurran historias en los pasillos cuando el eco de sus pasos se pierde en la madrugada. Dicen que el ascensor ha sido testigo de demasiadas muertes, demasiadas despedidas sin lágrimas, demasiados suspiros finales atrapados entre paredes de aluminio y acero. Algunos creen que, como los vivos, también las máquinas pueden aprender a dolerse. Que en su memoria de circuitos y cables, ha quedado grabada la amargura de la pérdida.
El misterio se acentúa con cada testimonio, con cada nueva muerte en la planta. ¿Es posible que un objeto inanimado desarrolle un vínculo con el sufrimiento humano? ¿Acaso el hospital ha imbuido en él una sensibilidad espectral, un alma de engranajes y aceite?
Los más supersticiosos aseguran que en las madrugadas, cuando los pasillos quedan desiertos y solo el sonido distante de un respirador artificial rompe la quietud, puede escucharse el leve crujido de las puertas del ascensor, como si se estremecieran, como si sollozaran.
Pero lo más inquietante, lo que nadie se atreve a decir en voz alta, es el rumor que corre entre los celadores: dicen que en el reflejo metálico del ascensor, a veces, en lugar de su propio rostro, algunos han visto algo más. Algo que no pertenece al mundo de los vivos.